Con apenas 16 años y embarazada, en su mirada perdida destila una desventurada frustración de sueños e ilusiones sembrados a lo largo de una corta vida, que tenía todo por delante. Ahora ya no debe preocuparse por libros y cuadernos, sino por leche y pañales; sola para colmo de males, ya que sus padres, enojados, la echaron de la casa. ¿Y el papá? Pues otro adolescente que apenas supo de la noticia, corrió despavorido con el rabo entre las patas.
Muchas historias de embarazos precoces inundan nuestro día a día, consecuentes de una cadena de carencias propias de una sociedad en retroceso. Según estudios revelados el año pasado, en nuestro país el 20 % de los 150.000 embarazos aproximados que se originan anualmente son de adolescentes de entre 15 y 19 años, superando así el 15 % de Argentina.
Pero eso no es todo, la tasa de fecundidad entre las adolescentes paraguayas de entre 15 y 19 años es de 630 por cada 1000 mujeres, superior al 49,7 del promedio mundial. Cargamos la mochila de una herencia cultural, ya que para nuestros abuelos, bisabuelos y demás antepasados era normal que una adolescente dé a luz. Pero se supone que debimos, por lo menos, avanzar un poquito y dejar de lado esa costumbre de antaño, aunque sea en una minúscula escala.
Programas televisivos con puro contenido erótico, músicas que tratan como objetos sexuales a las mujeres, diarios con más desnudos que noticias, en fin, todo el entorno estimula la libido de los jóvenes, por lo que no son los únicos culpables de tener relaciones sexuales a temprana edad. A esto debemos sumar la falta de educación sexual, debido a la errónea idea de salvaguardar la inocencia de los chicos.
Hemos escuchado diversos tipos de métodos para evitar un embarazo no deseado, pero de todos modos seguimos en las mismas, en parte porque las enseñanzas no se dan con la intesidad necesaria. Por otro lado, aún persiste el espejismo juvenil de “a mí no me va a pasar”.
Por Dayhana Agüero (18 años)
