El malestar en la cultura se expresa en la depresión en los tiempos modernos y podemos constatar que atraviesa todas las franjas etarias, niños, adolescentes y adultos mayores. La ciencia biológica y sus aplicaciones médicas y comerciales cada vez más se ocupan de ello y a su manera. Sin embargo, el psicoanálisis hace hincapié en el ser hablante. El que puede cambiar sus pensamientos puede cambiar también su destino. Para el psicoanálisis existen tres tipos de sublimaciones, el arte, la ciencia y la religión, a través de los cuales el sujeto puede enfrentarse a estos “tres amos” o imponderables de la vida de los que hablaba Freud.
Pero una depresión va más allá del efecto momentáneo de un cielo nublado, sería más bien una perturbación del sujeto con el otro, un desinvestimiento o violencia del mundo exterior, un despoblamiento simbólico. El sujeto deprimido experimenta un fuerte sentimiento de soledad, un gran desinterés general lo invade y tiene consecuencias en su decir, no quiere hablar ni escuchar. Se produce así una separación con los demás a causa de la desvalorización de la palabra. El psicoanálisis no acepta la depresión como una entidad indefinida, porque es una clínica de lo particular de cada sujeto, sitúa la depresión como una cobardía moral. El efecto de una traición a sí mismo, es “ceder en su deseo” ante la demanda del otro, como el típico ejemplo de la mujer cuando su pareja le pregunta ¿a dónde querés ir? y ella responde “donde tú quieras”. O el caso del hombre que vive fascinado con el poder de los demás y siente que su deseo es imposible. Lo que están en juego son el goce y el saber inconsciente. Se viven de mil maneras estas renuncias que cada sujeto hace de sus propias pulsiones, lo que Freud llama “ceder al deseo” no pudiendo hacerse cargo de ello, pero esta cobardía, de ser incapaz de asumir su deseo, la pagará tarde o temprano, con el afecto depresivo y la querella concomitante.
Para finalizar me gustaría recordar que todos los seres humanos tienen una cita pendiente consigo y vale la pena llevar a cabo esa cita. Superar el miedo de destruir alguna de nuestras creencias actuales quizás sea el camino que nos permita un despertar a una nueva conciencia, personal y colectiva. Esa ley va mucho más allá del género, la religión, la raza, la clase social, etc., porque es una ley que nos permite el desapego a los temores, las inseguridades, a la pasión por la ignorancia, y así lograr ese ser verdadero que emana del amor.
(*) Psicóloga, psicoanalista.
