El mismo fue escrito por José Zapico en el portal jotdown.es y habla sobre los pilotos de la máxima categoría del automovilismo, la Fórmula 1. Según quien ha escrito el artículo, los pilotos de Fórmula 1 son unos extraños seres que adoran hacer sufrir a sus organismos con un dispositivo que es más parecido a una cámara de tortura: sus autos. “Lo han estudiado sociólogos, psiquiatras, patólogos, analistas de todo tipo, incluso parapsicólogos, pero ninguno ha dado con una explicación plausible. No tiene sentido”, argumenta.
“Hay muchas formas de castigar a un cuerpo humano, pero en principio, todas ellas están pensadas básicamente para hacer daño, no para ganar títulos deportivos. Visto desde fuera, una carrera de F1 bien podría parecer casi más un juego, porque se ve a unos coches pasar a toda velocidad y poco más. Lo que no muchos conocen es el enorme esfuerzo físico que conlleva domar los más de 700 caballos que impulsa cada uno de estos misiles tierra-tierra”, continúa.
Cuenta que Marc Gené, piloto español de la F1 y que estuvo además como probador en la escudería Ferrari, cuando tuvo la ocasión de pilotar por primera vez una Minardi tuvo que pasar por el dispensario médico del circuito de Montmeló para que le curasen las heridas y hematomas que sufrió en la vuelta, algunas heridas le duraron semanas. Después tuvo que hacer malabares para ingresar dentro del auto, que todos sabemos es muy complicado para los que no están preparados ingresar a los mismos ya que el espacio es muy pequeño.
“Las piernas van embutidas y muy ajustadas a los afilados morros antichoque, los brazos sujetan con saña el volante con dirección asistida y el torso va amarrado fuertemente al asiento por un cinturón de cinco puntos de anclaje. Lo peor es la cabeza, porque va suelta. En los 80 los pilotos se amarraban el casco al cuerpo con correas que pasaban por debajo de los hombros, o los ataban a los laterales de la carrocería, pero desde hace mucho, estas prácticas están prohibidas y es la base del cráneo de cada conductor el que tiene que soportar fuerzas de hasta 3G laterales y casi 6G frontales cuando el coche frena. Lo más impresionante no es la aceleración que catapulta a estos ingenios de 0 a 100 Kms/h en poco más de dos segundos, no… lo peor es cuando en ese mismo periodo de tiempo pueden pasar de 200 Kms/h a 0 y el pagano de todo ello es la base de la testa: el cuello. Si el conjunto cabeza-casco suele pesar unos seis kilos, en la frenada sería como llevar agarrado de las orejas a un crío de ocho años. Que le pregunten a Nico Rosberg, que de poco le sirvió haber sido Campeón de la GP2 —categoría inmediatamente inferior y prestaciones similares— cuando se subió en Jerez a un Williams. Los dolores le duraron más de una semana y requirió atenciones especiales de su fisioterapeuta. Si tu coche pasa de 100 a 0 en algo menos de 50 metros, un F1 solo necesita 14 gracias a sus frenos de carbono, una costosa tecnología que obliga a sustituir los discos tras cada fin de semana”, reza una parte del artículo que sigue poniendo ejemplos del porqué piensa que es una forma de tortura.
Cuenta cosas que el fanático del automovilismo sabe, como que los pilotos llegan a perder hasta tres kilos después de una carrera, algunos incluso llegaron a perder cinco kilos. Otra de las cosas con la que los pilotos deben luchar es el calor, que a veces llega hasta los 60° en pista y nos hace saber una anécdota de Jarno Trulli en Singapur 2008. “Trulli se vio obligado a abandonar porque empezaba a sufrir desvanecimientos en plena carrera debido al sobreesfuerzo”, dice.
El que comenzó a ser profesional entre los pilotos fue Ayrton Senna. “Mientras que sus contemporáneos se iban de copas al mítico bar Tip Top de Mónaco, Senna era el piloto pelmazo que no dejaba en paz a sus mecánicos mañana, tarde y noche. No dudaba en llamar de madrugada a sus ingenieros si acostado se le ocurría alguna mejora por nimia que pudiera parecer. El de Sao Paulo inventó al piloto moderno, al obseso de la perfección, y con ello de la preparación física”.
“Justo al tiempo de la desaparición del tricampeao amaneció un nuevo sol en ascenso, Michael Schumacher, que poco veía al astro rey encerrado en interminables sesiones de hasta seis horas de ejercicio con pesas, boxeo, natación, y todo tipo de preparación que convirtiera su corazón en una central nuclear. Schumacher subió el listón en tal medida que si sus compañeros asistían a los circuitos con rutilantes deportivos o lujosas roulottes donde echarse la siesta y estar tranquilos rodeados de amigos y familia, el germano añadió un trailer extra a la roja caravana de Ferrari: se hizo construir un gimnasio móvil. El camión parecía un transformer. El chófer lo aparcaba en pleno paddock —previo paso por caja por ocupar espacio— y tras manipular una serie de botones, el remolque se desplegaba hacia arriba y los lados, y como por arte de magia aparecía un apartamento rodante del tamaño de un piso mediano. La marca italiana de aparatos gimnásticos Technogym llegó a un acuerdo con la Scuderia y llenó el negro y acristalado remolque con el último grito en costosas generadoras de sudor”.
Si entre el Siglo XV y el XIX la punta de lanza tecnológica en la creación de padecimiento ajeno lo tenía La Inquisición, es evidente que en el Siglo XXI lo sustenta este deporte. El efecto de sus productos emula el de un Fórmula 1 lanzado por las calles de Mónaco, que a su vez ejecuta sobre el organismo de sus pasajeros el mismo efecto que la sierra, la doncella de hierro, el toro de Falaris, el potro, la cigüeña, el barbero de hierro o el lanzador, conocidos instrumentos de tortura que en su tiempo ejecutaban acciones similares —aunque llevadas al extremo— en tiempos de Torquemada, que hubiera pagado sin dudar los 13.900 euros que cuesta el invento deportivo, mil euros más la Ferrari Edition. Gracias a estos chismes podrás sufrir en casa el mismo padecimiento, sin el riesgo de matarte en la primera curva.
Relata lo que pasa en carrera. “Una vez en carrera el cuerpo de cada participante está atrapado como en una lata de mejillones, y amarrado fuertemente a una insinuación de asiento consistente en espuma endurecida cubierta por una fina lámina de piel vuelta. La dureza de las suspensiones y la rigidez del chasis de fibra de carbono transmite pequeñas imperfecciones de la pista amplificadas por la velocidad y las transforma en secos golpes como si Conan el Bárbaro te arrease con una maza en la espalda. Las vibraciones y traqueteos te invitan a hacer lo impensable: soltar el volante, que se torna en asignatura obligatoria en caso de accidente, a menos que se tenga el deseo de ver rotas tus muñecas, y en el peor de los casos perder algún dedo”
La competencia en el deporte más caro del mundo llega a los lugares más insospechados. Si Ferrari tiene una máquina de tortura personalizada para sus chicos, McLaren también tiene la suya, con sus colores, reglajes y nombre propio. Lógico, esto es la F1.
Es evidente que al autor de esta nota no le gusta ni en lo más mínimo una competencia de Fórmula 1. El gran circo de la F1 tiene millones de adeptos en todo el mundo pero también existe gente como José Zapico que escribió en la página jotdown.es que esto es una forma de tortura para los pilotos.
A muchos amantes del automovilismo, entre los que me incluyo, no le gustará para nada esto, pero quise compartir porque con esto podemos decir que no existe la perfección en ningún lado, aún cuando estemos hablando de una de las categorías que más se acerca a eso.
