La emotiva nota de Celina Brittez, la argentina que resguardó los libros perdidos de Roa Bastos

Durante tres años y siete meses, la joven socióloga argentina Celina Brittez resguardó la biblioteca que perteneció al escritor paraguayo Augusto Roa Bastos. Junto a las siete cajas de libros, anotaciones y cartas, envió a la familia del autor de “Yo el Supremo” un emotivo escrito acerca de su experiencia con estos ejemplares.

Celina Britez y su familia junto a Rodolfo Serafini, agregado cultural de la Embajada de Paraguay en Argentina; durante la entrega del lote de libros de Augusto Roa Bastos.
Celina Brittez (centro) y su familia junto a Rodolfo Serafini, agregado cultural de la Embajada de Paraguay en Argentina; durante la entrega del lote de libros de Augusto Roa Bastos.Facebook, cielo naranja

En el marco de la presentación de la recuperada biblioteca, Mirta Roa, hija del escritor ganador del Premio Cervantes en 1989, leyó el texto enviado por Celina Brittez. Se titula Los libros perdidos de Augusto Roa Bastos y lo transcribimos a continuación:

Como escapando del desarraigo, una tarde de verano llegaron a mí los libros perdidos de Augusto Roa Bastos. No fui consciente de tal tesoro en lo inmediato, sino que en un principio pensé que se trataba de una biblioteca abandonada por algún desdichado incapaz de disfrutar del mágico mundo literario.

No recuerdo cuál fue el primer libro en el que encontré su huella, pero sí una dedicatoria que decía ‘Al gran Augusto Roa por su lucha...’. Más adelante me topé con cientos de ejemplares firmados, acariciados, disfrutados, por uno de los máximos exponentes de la literatura paraguaya ahí, en mi casa, en el piso del comedor donde los desparramé para catalogarlos.

La euforia invadió la vida familiar: hermanos, padre, madre, y mi compañero (que me trajo tan invaluable tesoro, también desde su inocencia) todos nadamos en el mar de papeles encontrando cartas, notas, fotos, artículos periodísticos. Uno dictaba, otro escribía, algunos acomodaban en cajas, cebaban mate, curioseaban, leían un par de páginas al pasar. La tarea tomó meses y durante ese tiempo el debate interno acompañaba al entusiasmo.

¿Qué hacer? ¿A quién llamar? ¿Por qué alguien los habrá eliminado de su vida? ¿Por qué llegaron a mí? Tardé tres años y siete meses en escribir a la embajada paraguaya. Los libros distribuidos, un poco en cajas ordenadas por tema y gran parte en mi biblioteca, leídos, disfrutados por Roa, por mi familia y por mí empezaban a hablarme. La idea de desprenderme de tan magnífico tesoro me dolía en todo el cuerpo; pero el alma....el alma estaba estancada en “Los exiliados”, de Gabriel Casaccia; la primera novela de la biblioteca de Augusto que leí en mi vida. La primera novela DE AUGUSTO, por que sí, porque leí el mismo ejemplar, el de su biblioteca, el que guardó para recordar todos esos sentimientos que transmite: el dolor, el desarraigo... el dolor, el desarraigo, los libros, el dolor, el desarraigo.

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Los libros desarraigados me miraban de pronto todo el tiempo ¿Por qué me eligió a mi para esto? ¿Por qué mi compañero descubrió en la basura cajas y cajas de libros que no se atrevió a abandonar?

La tarde en que los encontró, me dijo que tenía una sorpresa. Me envió una foto de una tonelada de tapas de colores repletas de tierra y moho “¿Te los llevo?”. “¡Pero sí, por supuesto que sí!”. Nada malo puede haber en tremenda cantidad de historias, no pueden morir sin ser leídas al menos una vez más.

“Las ideas pesan tanto que no se mueren así nomás”

Así, los libros perdidos de Roa Bastos, a punto de ser quemados, deambulando quién sabe desde cuándo, mojados de humedad con algunas hojas pegadas; salieron para ser leídos no una, sino muchas veces más. Es que las ideas pesan tanto que no se mueren así nomás.

Hoy vuelven a su lugar, a encontrarse con su tierra, con su sangre, con su libertad. Hace varios días que lloro mirando la biblioteca. Antes de guardar en cajas las novelas y poesías que amé profundamente, durante estos casi cuatro años, también los abracé. Abracé una biblioteca cargada de lucha, con la que aprendí, con la que crecí, y abracé mis libros que siempre fueron los libros de otro. Otro tan grande, tan fuerte, tan vivo.

Corrí la fecha algunas veces, para mirarlos una vez más. Para leer un poco lo que me faltó. Algunos jamás fueron empezados, otros quedaron sin terminar; se los leí a mi hija, compartimos tardes enteras sumergidos en ellos con mi compañero durante mi embarazo; leí, leí con fuerza y con dolor antes de soltarlos, antes de perderlos, antes de entregar mi tesoro, leí (¿y al final, qué mejor manera de homenajear a este gran autor?

Me quedé en “Moriencia”, quince relatos maravillosos situados en diferente ubicación cronológica, pero con un tinte familiar: ese sentimiento tan íntimo de la tragedia, del abandono. En Contar un cuento se lee “La gente quiere ver, oler, tocar, fichar, pinchar la burbuja de su soledad”. ¿Pero qué es la realidad? Por qué hay lo real de lo que no se ve y hasta de lo que no existe todavía. Para mí la realidad es lo que queda cuando ha desaparecido toda realidad, cuando se ha quemado la memoria de la costumbre. El bosque que nos impide ver el árbol”.

Si tardé tres años y siete meses en contactarme con la Embajada fue porque estaba solo mirando el árbol. “En el mundo de Roa, esto parece un relato de su autoría” me dijo su hija Mirta, entre risas. Hoy, viendo volver a su patria lo que considero patrimonio histórico de Paraguay, todas mis preguntas vinculadas con la fuerza del destino se resuelven. El bosque ¿lo real?

Encontrando los libros perdidos me topé con un tesoro mucho mayor, más invaluable e imposible de poner en palabras sin quitarle color. Hoy, venciendo el desarraigo de la biblioteca viajera, me convertí en parte de lo que podría ser quizás la última aventura del gran Augusto Roa Bastos.

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