El patio del “Juande”, colmado hasta rebosar, parecía consciente de asistir a un hecho irrepetible. Desde el primer golpe sobre los parches quedó claro que el atractivo de la noche no residía solo en la peculiaridad de reunir a tres bateristas simultáneamente, sino en comprobar cómo tres generaciones dialogaban desde un mismo instrumento sin anular sus diferencias.
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La apertura con “Drumology” movilizó las emociones desde el principio. Mucho más que un despliegue de virtuosismo, el extenso solo colectivo funcionó como una conversación rítmica donde cada intérprete ocupó un lugar reconocible.
La intensidad fue tal que Víctor Sebastián, conocido también como “Totito”, bromeó al terminar: “Podemos cerrar el concierto por el bien de Toti”. La risa del público alivió una tensión cuidadosamente construida, mientras el propio baterista confesaba que nunca había imaginado realizar un solo de concierto junto a su padre y su hermana. “Estábamos esperando que Julieta accediera”, bromeó. Esa mezcla de espontaneidad y respeto marcó el tono de toda la presentación.

Es así que la puesta en escena evitó convertir la batería en un espectáculo de fuerza. Por el contrario, cada instrumento encontró espacios para respirar. Bastaba observar cómo los tres se miraban constantemente, alternando gestos serios con sonrisas cómplices, para entender que el verdadero eje del concierto era la escucha y la admiración mutua.
Incluso los momentos de humor (los gritos de “¡Toti, mi amor!” desde el público o la “pausa de hidratación” atribuida al padre) reforzaban la sensación de estar presenciando una reunión familiar que trascendía lo privado para transformarse en patrimonio compartido.
Cuando la familia se agrandó
La incorporación de Paula Rodríguez en bajo eléctrico, Giovanni Primerano en teclados y Bruno Muñoz en saxofones amplió el paisaje sonoro sin desplazar el protagonismo de la percusión. La primera sección, dedicada al universo de Julieta Morel, nos sumergió en otra dimensión del concierto.

En “Malambop”, de Francisco Rivero, y “Asunción 2002”, de Pinchi Cardozo Ocampo, la baterista construyó un discurso más atento al color rítmico, homenajeando también a su proyecto Majuja Trío, con el que grabó estos y otros temas en su primer EP homónimo de 2024.
Su forma de tocar privilegia el espacio antes que la acumulación; cada acento dialogaba con el bajo y los teclados, antes que buscar imponerse sobre ellos. Allí apareció esa gran sensibilidad contemporánea que entiende al jazz como lenguaje para compartir.
Cuando llegó el turno de Víctor Sebastián, el repertorio dejó entrever otra búsqueda estética. “One Ted”, obra que adelantó como parte de un futuro álbum dedicado a composiciones propias y de músicos que admira, mostró una escritura donde conviven estructuras modernas con una clara vocación melódica.

Luego, en “Ra Jeet-A”, composición de Carlos Centurión, registrada junto a Joaju para el disco “Ahoraite”, el baterista quedó solo frente al escenario. Fue otro de los pasajes explosivos de la noche: una ejecución precisa, donde cada frase parecía responder a la convicción que el propio músico expresó al definir a Joaju como “una escuela de jazz universal y nacional”.
El cierre del recorrido individual correspondió a Toti Morel con el jazz rock de “Ayna Mamita Querida”. Después de décadas construyendo buena parte de la historia del jazz y el rock paraguayos, el músico evitó cualquier gesto de nostalgia. Su interpretación conservó la autoridad de quien domina el lenguaje. No hubo intención de competir con la energía de sus hijos, sino más bien la tranquilidad de quien entiende que el legado se consolida cuando deja de pertenecer exclusivamente a una persona.
Luego, un reconocimiento entregado por el Centro Cultural Juan de Salazar funcionó como una pausa simbólica antes del desenlace. Entonces llegó “Marcación sbre Ayolas”, transformando el concierto en una celebración colectiva. Antes del último golpe, Víctor Sebastián resumió el sentido de la noche al recordar que el jazz permanece vivo en Paraguay desde la década de 1960 “contra viento y marea”.

El legado de los Morel se expande
En ese sentido, más allá de un homenaje a la familia Morel, este concierto expuso algo especial en la música paraguaya: la posibilidad de observar una tradición de bateristas desarrollándose en tiempo presente.
Es que para los Morel, la batería dejó de ser un instrumento de acompañamiento para convertirse en un vehículo de memoria, continuidad e identidad. En una escena cultural donde el jazz busca sus espacios de expresión para sobrevivir, reunir tres generaciones alrededor de un mismo lenguaje es una afirmación de que la transmisión cultural sigue siendo uno de los actos más poderosos de resistencia.
Definitivamente viendo el paso de esta herencia, en vivo y en directo, se puede entender que el legado no es un archivo del pasado, sino un ritmo que continúa escribiéndose cada vez que alguien crea, interpreta y comparte.

- Fotografías gentileza del Juan de Salazar.
