“Malcolm y Marie”

Treinta por ciento drama romántico, setenta por ciento sermón insufrible. Este peculiar filme lastimosamente se limita a ser una plataforma de queja para su director en vez de explorar a fondo las ideas más interesantes que insinúa.

Zendaya y John David Washington en "Malcolm y Marie".
Zendaya y John David Washington en "Malcolm y Marie".Netflix

(Disponible en Netflix)

Malcolm y Marie es una de las pruebas más categóricas del simple hecho de que una de las principales necesidades de cualquier creador es un editor que mire la creación y elimine las redundancias, que sea capaz de tomar al creador por los hombros y decirle cuándo se está tomando diez minutos para decir algo que podría haberse dicho en uno o dos.

Por admisión de su propio director Sam Levinson, Malcolm y Marie no tuvo a nadie más que a él mismo supervisando el guion – lo que es comprensible teniendo en cuenta que la película se filmó con un equipo esqueleto debido a la pandemia de covid-19 –, y el resultado es un filme sin filtros y sin control de calidad, que esboza ideas provocativas e interesantes sobre la relación del arte con el artista y del artista con su musa, su público y sus críticos, que acaban siendo asfixiadas por interminables escenas en las que el director claramente usa a sus protagonistas para pregonar sus angustias sobre el mundo del entretenimiento.

Filmada en bello blanco y negro, la película trascurre durante una tensa madrugada en la casa de Malcolm (John David Washington), un joven director de cine; y Marie (Zendaya), su novia. Malcolm y Marie acaban de regresar del estreno de la nueva película de Malcolm, que promete ser el gran éxito que lo catalputará a la cima de Hollywood.

El problema es que Malcolm olvidó mencionar a Marie en su discurso de agradecimientos, a pesar de que su película está basada parcialmente en su vida, y esa omisión es el detonante para una intensa batalla emocional en la que todas las tensiones acumuladas salen como el torrente de una presa que se rompe, un torrente que amenaza con llevarse la relación consigo.

En el corazón del filme hay un interesante duelo entre el artista y el público por la interpretación del arte. Malcolm reacciona con desmesurada hostilidad a las interpretaciones foráneas de su película, lamentando la forma en que teme que la crítica o la audiencia le asigne a su filme significados ajenos a los que él pretendía al escribir y filmar, mientras Marie parece ser el avatar de la noción de que una obra de arte deja de pertenecerle al artista (al menos de forma cultural o filosófica) una vez que se hace pública, y que puede significar cosas distintas para muchas personas sin que esas interpretaciones sean necesariamente inválidas, por mucho que choquen con las intenciones originales del autor.

Es un duelo cultural envuelto en una dura pelea amorosa, y ambos aspectos del filme tienen sus aspectos interesantes, pero la forma en que Levinson relata ese duelo lo arruina todo.

La película dura dos horas y al menos 30 minutos de todo ese tiempo (quizás es más) son diatribas interminables de Malcolm contra los críticos de cine y en especial contra alguna escritora del Los Angeles Times que probablemente escribió una mala crítica sobre alguna película de Levinson en algún momento -o al menos una crítica que interpretaba la película de forma distinta a como este la concibió - y el director nunca lo superó.

Y el problema no es que Levinson airee sus angustias y desilusiones sobre el arte, su relación con el público o la simbiosis entre arte y comercio en el mundo del cine; enterrado en los diálogos pretenciosos hay argumentos más que válidos. El problema es que lo hace obligando a John David Washington y Zendaya a parar por completo la película en múltiples ocasiones, demasiadas, para dar homilías interminables que repiten los mismos puntos una y otra, y otra, y otra, y otra vez, y la película acaba sintiéndose como ir a la iglesia a escuchar un sermón combinado con una corrida de diez kilómetros.

Es el tipo de filme cuyo tedio acaba manifestándose en reacciones físicas, en suspiros de exasperación y pausas en pos de la salud mental que solo acaban causando terror porque pausar una película en Netflix te muestra cuánto tiempo de película queda por ver; pausar la película luego del tercer discurso gritado por Malcolm y descubrir que todavía quedan 42 minutos de película es un horror de proporciones cósmicas.

Washington y Zendaya hacen lo que pueden con un guion que los obliga a hacer lo que se siente como una lectura dramática de algún comentario de 70 párrafos en algún blog cinéfilo. De hecho, los rarísimos momentos en que Levinson para un poco con la retórica artística y les permite tener momentos callados en los que pueden actuar en vez de solo hablar (o gritar), ambos actores brillan.

Y la exploración que hace de una relación amorosa complicada se siente genuina y atrapante en los momentos en que toma el protagonismo. Hay una gran naturalidad en cómo las peleas van subiendo y bajando de tono como la marea en una playa, cómo una pelea parece resolverse para luego volver a empezar, la frustración de Malcolm, la reticencia de Marie para decir algo que claramente se estuvo guardando hasta que sale disparado como el corcho de una botella de champán convertido en proyectil.

Si la película fuera principalmente sobre eso en vez de un abominable ensamble de drama teatral con ensayo de escuela de cine, el resultado final quizá hubiera salido menos insoportable. Levinson claramente es mejor dramaturgo que comentarista artístico.

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MALCOLM Y MARIE (Malcolm & Marie)

Dirigida por Sam Levinson

Escrita por Sam Levinson

Producida por Sam Levinson, John David Washington, Zendaya, Ashley Levinson y Kevin Turen

Edición por Julio Pérez IV

Dirección de fotografía por Marcell Rév

Banda sonora compuesta por Labrinth

Elenco: John David Washington, Zendaya

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