Fito, siempre cerca (del Paraguay)

Fito Páez siempre estuvo cerca. Y esto es verdad. En la noche del domingo volvió a demostrar en Paraguay por qué ocupa un privilegiado sitio en el corazón del rock hispano.

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Puede tardar dos, cuatro o más años en volver. No importa. Cada vez que viene sabe que los aplausos son suyos, que sus canciones funcionan como cápsulas emotivas y que cualquier gira aniversario que emprenda funciona aquí y allá. Es Rodolfo ‘Fito’ Paéz, el cantautor de marzo del ‘63, quien volvió para ofrecer sus clásicos, esta vez recreando en vivo canciones de su álbum Giros (1985).

“¿Qué se pensaban? ¿Que esto es un jardín de rosas? Se vienen tiempos jodidos y hay que estar preparados y darle pelea”. Es lo que decía el artista al final del show, y lo que define su espíritu combativo. Como cuando escribía Ciudad de pobres corazones (1987), El diablo de tu corazón (2000) o Salir al sol (2003). El mensaje es claro, como la poética de sus creaciones.

Por supuesto, la misma Giros sirvió de impulso -rondando las 20:50, y luego del opening de la local Anna Chase-. Con Fito en el piano y los primeros gritos saludando, la noche arrancaba con una sólida banda formada por Diego Olivero (guitarra), Juan Absatz (teclados), Gastón Baremberg (batería), Mariano Otero (bajo) y Carlos Banderas (voz y guitarra).

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El potente sonido seguía las huellas de aquellas canciones del recordado álbum. Taquicardia, Alguna vez voy a ser libre y, clásico si los hay, 11 y 6. El Centro de Convenciones de la Conmebol apenas empezaba a arder, mientras la argentina Fabiana Cantilo -emblemática compañera musical y musa inspiradora de Páez- subía al escenario para hacer otra semilla que creció desde Giros: Yo vengo a ofrecer mi corazón.

Sin Cantilo, y con un lucido solo a cargo de Olivero, Narciso y Quasimodo tuvo su momento, antes de una balada que emocionó al auditorio: la inspiradísima Cable a tierra, desde el piano.

El repertorio avanzaba con creaciones como Decisiones apresuradas, DLG -con Fabiana reincorporada- y el sonido más reciente -con clave electrónica e invitación al baile- de Yo te amo. Los fans bailaban al ritmo del rosarino, minutos antes del rock furioso de Naturaleza sangre.

Las colaboraciones con su par femenina seguían, ya con la artista haciéndose cargo de Payaso, álbum que integra su más reciente disco, Superamor (2015). Fito volvía al escenario para hacer juntos un homenaje al gran Luis Alberto Spinetta, con Folis Verghet, en medley con Fanky, de un maestro suyo, Charly García.

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Los coros y la emoción volvían, una vez más, con un par de canciones salidas de El amor después del amor (1992): La rueda mágica y Tumbas de la gloria. El público, para entonces, directamente ardía.

La emoción de la noche corría por las venas de Lejos de Berlín, A las piedras de Belén -con una mención al recordado Rock Sanber, celebrado en la ciudad de San Bernardino, en 1988- y más infaltables: Circo Beat y Polaroid de Locura Ordinaria -con una divertida interacción junto a Cantilo-.

Los últimos minutos no daban tregua. La emoción y los recuerdos se duplicaban con el latir del tiempo mientras sonaban Ciudad de pobres corazones, Brillante sobre el mic -inspirado en la mismísima Cantilo, con los celulares iluminando el auditorio-, las frenéticas A rodar la vida y Mariposa Technicolor y una bellísima versión de otra joya del universo fitero: Y dale alegría a mi corazón.

El final a capella con la banda completa y las caras del público bañadas de pasión, Fito Páez cerraba otra noche para guardar. Eran los Giros de Fito, que -para muchos allí presentes- eran los giros de la vida misma.

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