Diversos estudios han mostrado que el sistema nervioso entérico —la red de neuronas que recorre el tubo digestivo— se comunica de forma constante con el cerebro a través del nervio vago y de mensajeros químicos.
Cuando esa comunicación se altera, pueden aparecer síntomas como hinchazón, estreñimiento, diarrea o una mezcla de todos ellos, además de mayor ansiedad y fatiga.
En este contexto, la rutina de la mañana se ha convertido en un nuevo campo de batalla para quienes buscan mejorar su digestión sin recurrir de entrada a medicamentos.
No se trata de soluciones milagrosas, sino de pequeños ajustes que, sostenidos en el tiempo, pueden marcar una diferencia.
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1. Despertar sin sobresaltos
El modo en que suena la alarma importa.

Un despertar brusco activa el sistema nervioso simpático —el de la alerta— y con él, una cascada de hormonas del estrés que pueden frenar la motilidad intestinal.
Optar por alarmas graduales, aprovechar la luz natural cuando sea posible y evitar mirar el celular en los primeros minutos ayuda a que el cuerpo pase poco a poco al estado de vigilia, más propicio para una digestión eficiente.
2. Hidratación antes que cafeína
El café en ayunas sigue siendo un ritual innegociable para muchos, pero los expertos recomiendan que el primer líquido del día sea agua.

Tras varias horas sin beber, una o dos tazas de agua templada favorecen el tránsito y “despiertan” al intestino sin irritarlo.
La cafeína, en cambio, puede aumentar la acidez gástrica y acelerar en exceso el movimiento intestinal en personas sensibles. Retrasar el primer café al menos 30 minutos y acompañarlo de algo de comida suele ser mejor opción.
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3. Mover el cuerpo, aunque sea poco
No hace falta una sesión intensa de gimnasio a las siete de la mañana. Bastan 10 o 15 minutos de estiramientos, caminar a paso ligero o subir escaleras para estimular la motilidad intestinal y mejorar la perfusión sanguínea de los órganos digestivos.

La actividad física suave también reduce los niveles de cortisol, la hormona del estrés que, en exceso, puede enlentecer o alterar el tránsito.
4. Desayunos que alimentan a tus bacterias
El intestino alberga billones de microorganismos que se alimentan, en buena parte, de fibra. Elegir desayunos con frutas enteras (no solo zumos), cereales integrales, frutos secos o semillas ofrece el “combustible” que la microbiota necesita para producir sustancias antiinflamatorias.

Incluir fermentados como yogur natural o kéfir puede sumar bacterias beneficiosas, siempre que no exista intolerancia. Por el contrario, los ultraprocesados azucarados favorecen desequilibrios que se relacionan con hinchazón y malestar.
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5. Cinco minutos para respirar
El estrés matutino —revisar correos en la cama, desayunar frente a noticias alarmantes, salir de casa corriendo— envía al intestino el mensaje de que no es momento de digerir, sino de huir.

Reservar tan solo cinco minutos para una respiración profunda y lenta, una breve meditación o simplemente comer sin pantallas activa el sistema nervioso parasimpático, el de “descansar y digerir”. Esa señal de calma facilita tanto la secreción de jugos digestivos como los movimientos intestinales.
Los especialistas recuerdan que estos hábitos no sustituyen una evaluación médica cuando hay dolor, pérdida de peso inexplicada o alteraciones persistentes del tránsito. Sin embargo, como medidas de higiene digestiva, pueden ser una herramienta poderosa. Al fin y al cabo, reconciliarse con el “segundo cerebro” empieza por escuchar lo que ocurre cada mañana en el primero: la rutina.
