La psicología y la economía conductual llevan décadas documentando estos patrones. Entre decenas de sesgos, hay tres especialmente cotidianos por la frecuencia con la que aparecen y por su impacto en decisiones pequeñas que, acumuladas, terminan pesando.
1) Sesgo de confirmación: cuando solo ves lo que te da la razón
Es la tendencia a buscar, interpretar y recordar información que confirma lo que ya creemos, y a ignorar o minimizar lo que lo contradice.
Funciona como un filtro: no cambia necesariamente los datos disponibles, pero sí cuál de ellos dejamos entrar.
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En la vida diaria se nota en discusiones familiares (“esa noticia prueba lo que digo”), en la política (“solo sigo a quien piensa como yo”) y en el consumo (“este producto es el mejor porque leí tres reseñas positivas”).
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En entornos laborales puede volverse caro: un jefe convencido de que un proyecto saldrá bien puede leer cualquier señal ambigua como “avance”, incluso cuando los indicadores muestran lo contrario.
Cómo reducirlo: obligarse a formular la hipótesis opuesta (“¿qué evidencia me haría cambiar de opinión?”), pedir una revisión crítica a alguien que no esté involucrado y separar opiniones de datos verificables antes de decidir.
2) Heurística de disponibilidad: lo que recordás parece más probable
El cerebro estima la probabilidad de un hecho según lo fácil que es recordarlo. Si un evento es reciente, llamativo o emotivo, ocupa más espacio mental y se siente más frecuente de lo que realmente es.
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Por eso un video viral sobre un robo puede disparar la sensación de inseguridad, aunque las estadísticas no hayan cambiado.
También explica decisiones impulsivas: tras leer sobre una estafa, alguien puede desconfiar de una transferencia legítima; tras ver historias de éxito “de la noche a la mañana”, puede subestimar el riesgo de invertir sin información.
Cómo reducirlo: poner el dato en contexto (series históricas, tasas por población, comparaciones) y preguntarse si la impresión viene de un caso cercano o de información representativa.
3) Falacia del costo hundido: seguir por orgullo (o por miedo a “perder”)
Ocurre cuando una persona insiste en una decisión solo porque ya invirtió tiempo, dinero o esfuerzo, aunque continuar empeore el resultado. El pasado —que no puede recuperarse— secuestra el futuro.
Aparece en suscripciones que no se usan (“ya pagué el año”), en relaciones o trabajos que no funcionan (“desperdicié demasiado como para irme”) y en proyectos empresariales que siguen consumiendo presupuesto porque abandonarlos se siente como admitir un error.
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Cómo reducirlo: decidir como si hoy empezara de cero: “si no hubiera invertido nada, ¿entraría en esto?”. Otra ayuda es fijar de antemano criterios de salida (un límite de gasto o un plazo) antes de que la emoción nuble la evaluación.
Decidir mejor no es pensar más, sino pensar distinto
Los sesgos no se eliminan: se gestionan.
Pequeñas prácticas —buscar activamente evidencia contraria, contrastar percepciones con datos y definir reglas antes de involucrarse— mejoran la calidad de decisiones repetidas.
Y, en un mundo saturado de información y urgencias, esa diferencia suele ser la que separa una elección sólida de un tropiezo cotidiano.
