Sesgos cognitivos: las tres trampas mentales que nos hacen tomar malas decisiones todos los días

Pulgar hacia arriba y hacia abajo.
Pulgar hacia arriba y hacia abajo.Shutterstock

Tomar decisiones “racionales” es más la excepción que la norma. En el trabajo, en el supermercado o al leer noticias, el cerebro recurre a atajos para ahorrar tiempo y energía. El problema es que esos atajos —conocidos como sesgos cognitivos— no solo simplifican la realidad: también la distorsionan. Y, sin que nos demos cuenta, pueden empujarnos a elegir peor.

La psicología y la economía conductual llevan décadas documentando estos patrones. Entre decenas de sesgos, hay tres especialmente cotidianos por la frecuencia con la que aparecen y por su impacto en decisiones pequeñas que, acumuladas, terminan pesando.

1) Sesgo de confirmación: cuando solo ves lo que te da la razón

Es la tendencia a buscar, interpretar y recordar información que confirma lo que ya creemos, y a ignorar o minimizar lo que lo contradice.

Funciona como un filtro: no cambia necesariamente los datos disponibles, pero sí cuál de ellos dejamos entrar.

En la vida diaria se nota en discusiones familiares (“esa noticia prueba lo que digo”), en la política (“solo sigo a quien piensa como yo”) y en el consumo (“este producto es el mejor porque leí tres reseñas positivas”).

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En entornos laborales puede volverse caro: un jefe convencido de que un proyecto saldrá bien puede leer cualquier señal ambigua como “avance”, incluso cuando los indicadores muestran lo contrario.

Cómo reducirlo: obligarse a formular la hipótesis opuesta (“¿qué evidencia me haría cambiar de opinión?”), pedir una revisión crítica a alguien que no esté involucrado y separar opiniones de datos verificables antes de decidir.

2) Heurística de disponibilidad: lo que recordás parece más probable

El cerebro estima la probabilidad de un hecho según lo fácil que es recordarlo. Si un evento es reciente, llamativo o emotivo, ocupa más espacio mental y se siente más frecuente de lo que realmente es.

Por eso un video viral sobre un robo puede disparar la sensación de inseguridad, aunque las estadísticas no hayan cambiado.

También explica decisiones impulsivas: tras leer sobre una estafa, alguien puede desconfiar de una transferencia legítima; tras ver historias de éxito “de la noche a la mañana”, puede subestimar el riesgo de invertir sin información.

Cómo reducirlo: poner el dato en contexto (series históricas, tasas por población, comparaciones) y preguntarse si la impresión viene de un caso cercano o de información representativa.

3) Falacia del costo hundido: seguir por orgullo (o por miedo a “perder”)

Ocurre cuando una persona insiste en una decisión solo porque ya invirtió tiempo, dinero o esfuerzo, aunque continuar empeore el resultado. El pasado —que no puede recuperarse— secuestra el futuro.

Aparece en suscripciones que no se usan (“ya pagué el año”), en relaciones o trabajos que no funcionan (“desperdicié demasiado como para irme”) y en proyectos empresariales que siguen consumiendo presupuesto porque abandonarlos se siente como admitir un error.

Cómo reducirlo: decidir como si hoy empezara de cero: “si no hubiera invertido nada, ¿entraría en esto?”. Otra ayuda es fijar de antemano criterios de salida (un límite de gasto o un plazo) antes de que la emoción nuble la evaluación.

Decidir mejor no es pensar más, sino pensar distinto

Los sesgos no se eliminan: se gestionan.

Pequeñas prácticas —buscar activamente evidencia contraria, contrastar percepciones con datos y definir reglas antes de involucrarse— mejoran la calidad de decisiones repetidas.

Y, en un mundo saturado de información y urgencias, esa diferencia suele ser la que separa una elección sólida de un tropiezo cotidiano.