Alegría y esperanza en la escuela de refugiados etíopes en Sudán

“¡Do, re, mi, fa, sol, la, si, do!”, es la hora de la lección de música en esta escuela improvisada de madera y paja en el campo de refugiados de Um Raquba, al este de Sudán.

Para Bereket, diplomado en la Academia de música de Etiopía, en Adís Abeba, "la felicidad de los niños pasa por su educación".
Para Bereket, diplomado en la Academia de música de Etiopía, en Adís Abeba, "la felicidad de los niños pasa por su educación".YASUYOSHI CHIBA

Apretujados sobre una alfombra, los alumnos repiten las notas de música al unísono, y estallan de risa al terminar. Su profesor, Bereket Weldgebriel asiente con satisfacción entre los aplausos de los niños.

“La educación es la luz del mundo”, explica a la AFP Bereket, un etíope de 35 años, maestro de inglés y música.

Tanto él como sus alumnos forman parte de los cerca de 49.000 etíopes que huyeron del país tras la operación militar lanzada por el gobierno del primer ministro Abiy Ahmed contra las autoridades locales de la región del Tigré, a principios de noviembre.

Desde entonces, viven en tiendas y cabañas en campos diseminados a lo largo de la frontera oriental de Sudán

Nada de política

Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), el 45% de los que allí viven son niños. “Tenía el corazón roto, cuando llegué”, confiesa Bereket, que dirigía una escuela de inglés para niños y también daba clases en un colegio público en Humera, una ciudad del Tigré cerca de la frontera con Sudán.

En Um Raquba, Bereket y sus compañeros dieron sentido a su nueva vida dando clases en esta escuela que cuenta con unos 700 alumnos.

Para Bereket, diplomado en la Academia de música de Etiopía, en Adís Abeba, “la felicidad de los niños pasa por su educación”. Con su peinado rastafari, el profesor añade: “así podrán resolver sus problemas”.

Conteniendo las lágrimas, Bereket afirma haber visto “muchos cadáveres” en las calles de Humera, tras el asalto a la ciudad de las fuerzas armadas del gobierno.

Con el apoyo de la ONG Norwegian Refugee Council (NRC), las cinco aulas de la escuela están provistas de una pizarra negra y tiza, y los alumnos cuentan con cuadernos y bolígrafos.

El director de la escuela, Teklebrham Giday, que también era profesor en Humera, explica que él y su equipo se dedican a dar una educación básica.

“Inglés, la lengua nacional (amhárico), tigriña, lo básico en ciencia y para que se entretengan... deporte, música y arte”, cuenta este hombre de 32 años.

“Omitimos todo lo que pueda ser política, porque en el Tigré mucha gente murió por razones políticas”, alega Giday.

“Aquí no pueden matarte”

Teklebrham cuenta la discusión que tuvo en Humera con un oficial del ejército que, según él, le dio una paliza.

“Le dije: mi gobierno me dio una tiza para cumplir mi misión de enseñar a los niños. Y a usted un arma, por eso es más (fuerte) que yo, y puede matarme. Le dije eso, se tranquilizó y me dejó marchar”.

Para Catherine Mercy, de la NRC, la escolarización es una prioridad para muchos de los padres que llegan al campo.

“La educación es esperanza (...) Y un espacio seguro para los niños durante el conflicto. Además, representa una oportunidad para que tengan un futuro mejor”, afirma Mercy.

Con su camiseta verde y sus pantalones cortos, Emmanuel Thagakiros, de 10 años, es uno de esos niños escolarizados en el campo. Su asignatura preferida son las matemáticas. “Quiero estudiar para ser feliz y encontrar un empleo con el que ayudar a mis padres”, explica con aplomo.

Su madre, Askwal Hagos, de 36 años, explica que desde que huyeron del Tigré hace tres semanas, el niño tiene muchas pesadillas.

Bajo su largo velo blanco de algodón, Askwal cuenta a la AFP con la ayuda de un traductor que ella y su hijo vieron “los cuerpos de los asesinados” en Humera.

“Y por las noches sueña con los cadáveres”, dice Askwal.

Pero por la mañana, cuando su hijo ya está listo para ir a la escuela, su madre trata de tranquilizarle. “Aquí no pueden matarte, nadie te hará daño”.

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