Algunos de los asesores más cercanos de Trump consideraron que los bailes ante las cámaras de Maduro eran una señal de que se estaba burlando de sus presiones para que abandonara el poder y que el líder venezolano consideraba que Trump iba de farol y no haría nada para atacarlo y detenerlo.
Pero el sábado, en plena madrugada, un gran dispositivo de las fuerzas especiales, apoyados desde la distancia por el mayor despliegue naval en el Caribe de la historia, convirtieron las amenazas en realidad cuando un equipo de élite de los Delta Force asaltó la casa-búnker en la que dormían Maduro y su esposa, Cilia Flores, y los trasladaron en helicóptero al navío de ataque anfibio Iwo Jima y de ahí, tras una parada en la Base Naval de Guantánamo, a un calabozo en Brooklyn.
En una rueda de prensa, Trump dijo que EE.UU. gobernará el país hasta que se lleve a cabo una transición que consideren apropiada y confiaron la interlocución con Caracas a la vicepresidenta venezolana, Delcy Rodríguez, que acaba de asumir la presidencia interina del país.
Según funcionarios estadounidenses, el equipo de Trump se inclinó desde temprano por la interlocución con Rodríguez debido a que a través de intermediarios quedaron convencidos de que ella protegerá los intereses de Estados Unidos en el sector petrolero venezolano.
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"(Rodríguez) es, con certeza, alguien con la que creemos que podemos trabajar a un nivel más profesional que antes", aseguró un funcionario de Estados Unidos al diario neoyorquino.
