La isla sufre una aguda crisis energética desde el verano de 2024 por dos factores estructurales: la falta de divisas del Estado cubano para importar suficiente petróleo y las frecuentes averías de sus obsoletas centrales termoeléctricas.
A lo anterior se le suma la incertidumbre tras los ataques estadounidenses que llevaron a la captura del presidente venezolano, Nicolás Maduro, ya que Caracas era el principal proveedor de crudo de La Habana.
La UNE, adscrita al Ministerio cubano de Energía y Minas, calcula para el horario de mayor demanda de la jornada, en la tarde-noche, una capacidad de generación de 1.560 megavatios (MW) y una demanda máxima de 3.200 MW.
El déficit -la diferencia entre oferta y demanda- será de 1.640 MW y la afectación estimada -lo que se desconectará realmente para evitar apagones desordenados- alcanzará los 1.670 MW.
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Actualmente, cinco de las 16 unidades de producción termoeléctrica operativas están fuera de servicio por averías o mantenimientos. Esta fuente de energía supone de media en torno al 40 % del mix energético en Cuba.
Asimismo, 116 centrales de generación distribuida (motores) no están operando por falta de combustible (diésel y fueloil). Además, alrededor de otras 15 están paradas por falta de lubricantes.
Expertos independientes indican que la crisis energética en Cuba responde a una infrafinanciación crónica de este sector, completamente en manos del Estado desde el triunfo de la revolución en 1959.
Varios cálculos independientes estiman que serían precisos entre 8.000 y 10.000 millones de dólares para sanear el sistema eléctrico.
Por su parte, el Gobierno cubano señala al impacto de las sanciones estadounidenses a esta industria y acusa a Washington de “asfixia energética”.
Los prolongados apagones diarios lastran la economía, que se ha contraído más de un 15 % desde 2020, según cifras oficiales. Además han sido el detonante de las principales protestas de los últimos años.
