El Consejo de Dirección de Gazprom anunció en un comunicado la renovación de su contrato, que expiraba el 31 de mayo.
Miller es un estrecho colaborador del presidente ruso, Vladímir Putin, que le puso al frente de la corporación estatal en 2001.
Putin y Miller, de 64 años, se conocieron tras la caída de la Unión Soviética, al trabajar en la alcaldía de su oriunda San Petersburgo (1991-1996).
La renovación del jefe de Gazprom tiene lugar cuando, debido a la guerra en Ucrania, la compañía ha sufrido en los últimos cuatro años pérdidas multimillonarias, que le hicieron caerse de la lista de las cien empresas rusas con mayores ganancias.
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Además de perder casi totalmente como clientes a los países europeos, Gazprom se ha visto golpeada por las sanciones económicas occidentales y la suspensión de los suministros a través de los gasoductos Nord Stream, objeto de explosiones en 2022.
Rusia exporta diariamente alrededor de 50 millones de metros cúbicos de gas hacia Europa a través del gasoducto TurkStream, en comparación con los casi 500 millones de metros cúbicos que exportaba en 2020.
Además, Estados Unidos sigue presionando a Hungría y Eslovaquia para que dejen de importar gas ruso, lo que se suma a las sanciones de la Casa Blanca contra las dos mayores petroleras rusas: Rosneft y Lukoil.
Tras sufrir en 2023 sus primeras pérdidas desde 1999 -estimadas en hasta 7.000 millones de dólares (unos 5.900 millones de euros)-, Miller lanzó un plan de transformación sin precedentes.
El proyecto incluye reducir de 4.100 a 2.500 (casi un 40 %) los empleados de su sede central en San Petersburgo, el cierre de oficinas internacionales como las de Bruselas y Tokio, la clausura de filiales y la venta de activos, entre otras medidas.
Como alternativa a Europa, Gazprom apostó por el tendido de un nuevo gasoducto con China (Fuerza de Siberia-2) con capacidad para 50.000 millones de metros cúbicos anuales, ya que los 38.000 millones del actual Fuerza de Siberia-1 son insuficientes para saciar la industria del vecino asiático.
Con todo, los analistas aseguran que Pekín paga el gas a un precio mucho más barato que los europeos, por lo que Gazprom no recibe suficientes ingresos para cubrir sus pérdidas.
