Entre el barro, los muebles dañados y electrodomésticos inservibles se acumulan en las casas, mientras los afectados intentan sacar el agua de sus viviendas sin herramientas suficientes, en medio de la angustia que supone ver perdida la mayoría de sus bienes.
A causa de las lluvias de los últimos días, el agua del río Bojacá empezó a anegar las calles en la madrugada y sorprendió a los vecinos del barrio Girardot de Facatativá, municipio ubicado en el departamento de Cundinamarca (centro), sin darles margen a reaccionar.
Así lo explica a EFE Jonathan, uno de los afectados, quien asegura que su vivienda quedó completamente inundada y que tuvo muy poco tiempo para poner a salvo sus pertenencias.
"Nosotros creíamos que se nos inundaba todo, colapsaron las tuberías de la casa y se anegó primero el patio, luego la sala y después la cocina", dice el hombre, a quien el agua ya le llega hasta las rodillas.
Jonathan, que vive con su esposa e hija, cuenta que, por suerte, la casa de su madre se encuentra en frente de la suya y que, como ella vive en un segundo piso, pudieron trasladar algunas de sus pertenencias e instalarse allí hasta que mejore la situación.
Según la Gobernación de Cundinamarca, el desbordamiento del río y la saturación del sistema de drenaje han provocado afectaciones en nueve veredas (aldeas) y 15 barrios de Facatativá, por lo que la Unidad Administrativa para la Gestión del Riesgo de Desastres del departamento llevó ayudas humanitarias a la zona.
"Llegamos con ayudas humanitarias, entre ellas colchonetas, cobijas, almohadas, mercados, kits de aseo y elementos básicos", detalló el gobernador de Cundinamarca, Jorge Emilio Rey, en X.
Edgar Montenegro, otro de los damnificados, advierte a EFE que las autoridades tienen descuidado el río, por lo que las labores de limpieza y mantenimiento "se demoran dos o tres años".
El residente asegura que en su barrio hay al menos 75 familias afectadas y describe el panorama como incierto.
"Es difícil decir dónde vamos a dormir hoy", expresa, al explicar que muchos han tenido que acudir a familiares o improvisar refugios ante la falta de alternativas.
Montenegro recuerda que no es la primera vez que enfrentan una situación así, pues hace 20 años sufrieron "la misma calamidad", lo que evidencia la falta de soluciones de fondo frente a un problema que se repite en el tiempo.
"Pedimos al Gobierno nacional y al departamental que se reúnan con los líderes comunales del sur del municipio, que somos los afectados y conocemos la problemática. Esta situación no viene de hoy ni de ayer, sino de hace más de 45 años", sostiene.
Las familias continúan retirando el agua y el barro de sus casas, a la espera de ayuda y de soluciones que eviten que la historia vuelva a repetirse.
La tarde cae lenta sobre las calles aún anegadas, donde el silencio solo se rompe por el sonido de baldes golpeando el agua y escobas arrastrando el barro espeso que se resiste a irse.
En los umbrales, los vecinos, muchos de ellos con lágrimas, hacen cuentas de lo perdido y de lo que queda por reconstruir, mientras el olor a humedad se instala como una presencia persistente.
Algunos niños observan sin entender del todo y juegan a tirar piedras en el agua, y los adultos sostienen la mirada en un horizonte incierto, esperando que la noche no traiga más lluvia ni más desbordes.
