Sabah, la mujer que ofrece comidas en la crisis migratoria de Ceuta: "Estamos agotados"

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Ceuta, 11 ago (EFE).– En la puerta de la casa de Sabah, en Los Rosales, una de las barriadas de la periferia de la ciudad española norteafricana de Ceuta, los migrantes empiezan a llegar hasta dos horas antes de que se reparta la comida, apretándose pegados a la pared para resguardarse en la única franja de sombra que hay en toda la calle.

En la planta baja se acumulan montones de ropa donada por vecinos y cajas de alimentos no perecederos. En la planta de arriba, varios voluntarios preparan a diario ollas gigantescas de guisos y empaquetan cientos de bocadillos para intentar llegar a los picos de demanda que han superado las 2.000 raciones en un solo fin de semana.

Sin embargo, tras casi dos semanas de trabajo ininterrumpido sin margen para el descanso, el impulso inicial de solidaridad ha dado paso a un desgaste extremo.

Sabah no oculta la gravedad de su estado ni el impacto emocional de sostener este dispositivo sin ayuda oficial. "Psicológicamente, mentalmente y físicamente estoy ya cansada", confiesa exhausta la organizadora.

La sobrecarga no se limita al momento del reparto. Al terminar la jornada de comidas, la casa requiere una desinfección total, lavar montañas de toallas utilizadas por quienes logran ducharse y fregar todos los utensilios de cocina.

"Estamos agotados. La gente de la ciudad está haciendo más trabajo que el propio Gobierno, pero esta situación es insostenible", advierte.

Para Sabah y su entorno, el auxilio no fue una decisión planificada, sino una reacción de emergencia para evitar un colapso mayor en las calles. Ver a familias enteras y jóvenes durmiendo en aceras y plazas sin recursos para comer llevó al vecindario a actuar como red de contención.

"Si no les hubiésemos dado de comer y no les ayudáramos mientras se busca una solución, esto habría acabado en un caos o en saqueos", reflexiona.

Aun así, la tensión diaria y la ocupación de los espacios públicos han alterado por completo la convivencia en una ciudad de apenas 20 kilómetros cuadrados, afectando también a los negocios locales, muchos de los cuales no pueden abrir sus puertas al tener los accesos bloqueados por personas pernoctando.

A la saturación física se suma la frustración de ver que el esfuerzo ciudadano está supliendo la parálisis de las administraciones. La incertidumbre sobre la reubicación de los migrantes y la falta de infraestructuras adecuadas han llevado al límite la capacidad de resistencia del barrio.

"El pueblo está ayudando al Gobierno hasta que tome una decisión, no porque estemos a gusto con lo que estamos viviendo. ¿Quién va a estar a gusto en esta situación?", recalca Sabah, dejando claro que la solidaridad de los ceutíes no puede sustituir la responsabilidad de las instituciones.

Mañana, las ollas volverán a encenderse en el piso de arriba y las colas volverán a formarse en la única sombra de la calle. Pero el mensaje que sale de esta casa es desesperado: "Estamos agotados".