Al cumplirse mañana el primer aniversario de la consulta, en que un 55 % frente a un 45 % de los escoceses votó por permanecer en el Reino Unido, las encuestas indican que el asunto sigue dominando la actualidad política en la nación histórica.
Un sondeo de Ipsos Mori difundido el 2 de septiembre causó turbulencias políticas al concluir que, si hubiera otro referéndum, un 53 % del electorado apoyaría la secesión, frente a un 44 % que la rechazaría.
El último estudio, publicado el 12 de septiembre por YouGov, señalaba que un 48 % de los escoceses apoya la independencia, frente a un 52 % que quiere la unión, lo que también refleja un aumento del respaldo respecto al resultado del plebiscito.
La ministra principal del Gobierno autónomo y líder del Partido Nacionalista Escocés (SNP), Nicola Sturgeon, atribuye el auge del independentismo al incumplimiento de las promesas por parte del Gobierno conservador de David Cameron.
“Hemos visto un Ejecutivo 'tory' que reniega de su palabra de transferir más competencias, les hemos visto imponer más medidas de austeridad a los más débiles”, ha declarado Sturgeon, que sucedió a Alex Salmond en sus cargos cuando éste dimitió tras la derrota de hace un año en las urnas.
Otros temas que fomentan el espíritu secesionista son el impulso conservador “a la renovación del sistema de submarinos de disuasión nuclear Trident”, polémica en Escocia, y la convocatoria de un referéndum de pertenencia a la Unión Europea (UE) en 2017.
Para convencer a los escoceses de que permanecieran en el Reino Unido, Cameron, con el resto de partidos nacionales, se comprometió a transferir a Edimburgo más competencias fiscales y del estado del bienestar, lo que se incluye en una ley que actualmente tramita el Parlamento de Londres y que al SNP le parece insuficiente.
Impulsado por la campaña del referéndum, en la que multiplicó sus afiliados de unos 25.000 hasta 110.000, el SNP arrasó en las pasadas elecciones generales, y cuenta ahora con 56 de los 59 diputados que tiene Escocia en la Cámara de los Comunes.
El atractivo de los nacionalistas fue no solo la propuesta independentista sino sobre todo su rechazo a la austeridad, lo que les llevó a aniquilar al Partido Laborista, que hasta entonces había sido dominante en la región.
La elección como nuevo líder laborista del izquierdista Jeremy Corbyn, con un programa parecido al del SNP, podría recuperar terreno para el Laborismo, pero es improbable que tenga un efecto crucial en las próximas elecciones autonómicas, el 5 de mayo de 2016.
Sturgeon se ha ofrecido a trabajar con Corbyn pero, reflejando cierto nerviosismo, ha subrayado que los laboristas “están divididos”.
De cara a esos comicios, la ministra principal, que espera revalidar su mayoría absoluta, se ha comprometido a incluir en su manifiesto un calendario y las condiciones en las que su partido convocaría otra consulta.
Según Charlie Jeffery, coordinador del programa Futuro del Reino Unido y Escocia para el Consejo de Investigación de la universidad de Edimburgo, hay un asunto clave que podría precipitar un segundo referéndum: “Si el Reino Unido vota por salir de la UE”.
“Esa sería la ruta más fácil y rápida”, ya que los escoceses, más europeístas que los ingleses -que son la mayoría del electorado-, no aceptarían ese resultado, explica.
Al margen del veredicto, el referéndum de independencia del 18 de septiembre revolucionó el panorama político en el Reino Unido, con la fragmentación del voto, en detrimento de los laboristas, y un aumento de la voz de Escocia en la Cámara de los Comunes.
En el histórico plebiscito, cuyos términos fijaron Salmond y Cameron el 15 de octubre de 2012 en el acuerdo de Edimburgo, los residentes en Escocia mayores de 16 años contestaron a la pregunta: “¿Debería Escocia ser un país independiente?”.
Con una inusitada participación del 84,6 %, la respuesta fue en ese caso negativa, pero Sturgeon no duda de que la cuestión volverá a plantearse en algún momento, “cuando el pueblo escocés lo respalde por mayoría”, con resultados impredecibles.