“No podemos combatir solos en Hassaké ya que el EI ataca en grupo”, explicó a un periodista de la AFP un soldado resguardado bajo el techo de una casa en llamas rodeada de sacos de arena en el barrio de Ghowayrane. Este gran distrito se sitúa en la parte meridional de Hassaké, capital de la provincia del mismo nombre en el noreste de Siria.
El ejército sirio y las Unidades de Protección Popular (YPG) kurdas comparten el control de la ciudad desde el comienzo del conflicto sirio en 2011 pero, amenazadas por el EI, las dos fuerzas decidieron hacer frente común.
Después de una ataque del grupo yihadista el 25 de junio, el ejército fue expulsado de los barrios del sur y, a medida que la amenaza aumentaba, las YPG se movilizaron. Estos últimos días, los combatientes kurdos consiguieron cercar la periferia sur, permitiendo que el ejército hiciera retroceder a los yihadistas de la mayor parte de Ghowayrane.
“Expulsamos a la gente del EI de Ghowayrane”, afirmó a la AFP un oficial superior que vino a inspeccionar sus tropas, precisando sin embargo que una “pequeña parte” del barrio quedaba bajo control del EI.
Se trata de una cooperación inédita entre el régimen sirio y los kurdos, que habían optado por la neutralidad cuando estalló la rebelión de 2011 contra Bashar Al Assad. En virtud de un acuerdo tácito con el ejército sirio, éste se retiró de sus zonas del norte, ofreciéndoles de hecho una autonomía.
“Los kurdos no habrían podido cercar a los combatientes del EI sin las armas que les proporcionamos”, manifestó el oficial del ejército sirio, a unos pasos de los restos de un coche bomba, uno de los numerosos vehículos utilizados por el EI para entrar en Hassaké.
Entre dos operaciones, estos soldados compartieron una botella de agua mientras que las temperaturas rondaban los 40 grados.
Según el Observatorio Sirio de los Derechos Humanos (OSDH), el EI está prácticamente asediado por el ejército del régimen y las fuerzas kurdas en la parte sur, de donde huyeron según la ONU 120.000 personas de una población de 300.000 habitantes antes del conflicto.
En el centro de la ciudad, al margen de los combates, la circulación es normal y los habitantes hacen sus compras en los zocos.
A 600 metros de las posiciones del ejército, en el barrio de Maaruf, unos veinte combatientes de las YPG descansaban en la planta baja de una escuela transformada en cuartel general, donde se veía la bandera siria pintada en una pared y ondeaban los carteles de las YPG y las YPJ (Unidades Femeninas de Protección) kurdas.
Oficialmente, los kurdos desmienten toda ayuda del régimen, incluso si sus armas son de fabricación rusa y se parecen mucho al arsenal del ejército sirio.
“Para nosotros, sólo hay un enemigo, es el EI”, afirmó un combatiente. “Nunca aceptaré que los salvajes del EI violen mi tierra. No me quedaré de brazos cruzados”, recalcó por su parte Didar, un kurdo de 18 años que llevaba un arma automática, cantando acto seguido “YPG! YPG!”.
En el primer piso del edificio, combatientes de las YPJ seguían a través de la mirilla de sus fusiles el avance de sus compañeros de armas en dirección de las posiciones del EI.
“Nuestros combatientes continúan hacia el este de la ciudad con el objetivo de fortalecer el asedio al EI” , indicó Chirine, de larga melena negra y con una cinta en la cabeza.
En el aire, los aviones del régimen y los de la coalición antiyihadista llevada a cabo por Estados Unidos sobrevuelan a su vez la ciudad.
Aunque Whasington menosprecie al régimen de Al Assad, un oficial de las YPG aseguró a la AFP bajo anonimato que existe “una coordinación” entre el ejército sirio y las fuerzas de la coalición. “Se comunican a través de un mediador kurdo”, declaró.
