El padre “no sirve para nada”

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Como navegante de ultramar, mis viajes me han llevado por todo el orbe. En una ocasión, en una parada en un puerto lejano, aprovechando que tenía buena señal telefónica, hice una llamada a mi esposa embarazada.

Me contó que el niño llegaría ya, en cualquier momento. Que –según el médico– todo marcha bien.

Al cortar con ella, llamé a mi jefe en Paraguay. Le expliqué mi situación. Le pedí permiso para dejar el barco unos días y viajar urgente por avión a mi casa. Extrañamente me contestó con una ironía. Me preguntó: ¿quién tendrá al bebé? De la rabia colgué ahí mismo el teléfono y presenté mi caso a la verdadera autoridad del barco.

El capitán, tomándose de la barbilla, pensó por un momento y –acostumbrado como estaba a legislar– contestó que me apoyaba. –Yo te doy permiso para desembarcar, pero el gerente te va a despedir, eso es seguro. Aún así, empaqué mis pocas cosas y me fui. Llegué a Asunción a la noche y fui directo a la casa del gerente. No pudo disimular su sorpresa. Me ofreció asiento en la biblioteca que mis compañeros llamaban la “sala de los degollados”.

Mi estrategia consistiría en adelantarme. En no dejarle hablar. Me escuché decirle: –Señor gerente, el embarazo no es un accidente. Tampoco una tragedia que haya que socorrer. El nacimiento de un nuevo ser es felicidad. Es más, las indias que van a parir mandan detener la caminata en la selva para ponerse en cuclillas y dar a luz. Las congéneres comadronas le ayudan. Cortan el cordón y limpian al recién llegado. Terminado lo cual la marcha continúa, sin miramientos ni reposos.

En nuestras sociedades modernas, con sanatorios privados, esa tranquilidad se acentúa aún más, pues dejamos todo en manos de excelentes profesionales de blanco. Los padres –que le puedo decir de los padres–, nosotros solo estorbamos. Fumando a escondidas en un pasillo de hospital, molestamos a cuanta enfermera pasa para preguntar si ya nació la criatura. No, dirá la aludida, –”yo soy de otra sección, ya le dije” (los padres no podemos hablar fuerte, tocar nada, ni opinar. El padre no sirve para nada).

Entonces, ¿qué hago acá yo? Dejé el navío porque cuando mi hijo tenga cinco años, o seis, o siete, y me pregunte dónde estaba yo cuando él nacía, quiero poder decirle que para mí él es más importante que cualquier empleo. Que dejé todo por ser el primero a quien al nacer vea. Por eso espero que usted me disculpe y me conceda esta licencia. Pero si no lo hace y me echa, me verá sonreír. ¿Por qué? Pues porque quiero ser el mejor padre del mundo.

Miguel Florentín