La historia de los perros mensajeros que salvaron miles de vidas en la Primera Guerra Mundial

Rags en Fort Hamilton en los años 1920. Rags (hacia 1916 - 6 de marzo de 1936) era un terrier mestizo que se convirtió en el perro mascota de la 1.ª División de Infantería del ejército de los Estados Unidos durante la Primera Guerra Mundial.
Rags en Fort Hamilton en los años 1920. Rags (hacia 1916 - 6 de marzo de 1936) era un terrier mestizo que se convirtió en el perro mascota de la 1.ª División de Infantería del ejército de los Estados Unidos durante la Primera Guerra Mundial.Wikipedia

En la vorágine del barro y el caos, los héroes de cuatro patas corrieron donde humanos temieron andar. Durante la Gran Guerra, estos caninos, a menudo olvidados, se convirtieron en salvavidas, mensajeros y, sobre todo, en aliados de la supervivencia.

En una trinchera anegada de barro, en algún punto del frente occidental, un cabo ata a toda prisa un pequeño cilindro metálico al collar de un perro mestizo. A lo lejos, los cañones no han dejado de rugir en horas; los cables telefónicos han sido seccionados por la artillería y dos soldados que intentaron cruzar la tierra de nadie con un mensaje no han regresado.

El oficial a cargo da una señal breve con la mano. El animal, entrenado para ignorar explosiones, humo y gritos, salta fuera del parapeto y desaparece entre cráteres y alambradas rumbo a otra posición, a casi un kilómetro. Lleva, en el cuello, la diferencia entre un batallón aislado y un batallón rescatado.

Escenas como esta se repitieron miles de veces entre 1914 y 1918. Durante la Primera Guerra Mundial, decenas de miles de perros sirvieron en los ejércitos europeos como centinelas, sanitarios, rastreadores… y, sobre todo, como mensajeros.

Su labor, eclipsada durante décadas por la narrativa de los grandes generales y las grandes batallas, fue decisiva para salvar vidas en un conflicto marcado precisamente por la incertidumbre y el caos de las comunicaciones.

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Hoy, a partir de archivos militares, testimonios de soldados y estudios recientes sobre la “historia animal” de la guerra, se puede reconstruir con bastante precisión qué hicieron esos perros, cómo fueron entrenados y por qué su contribución fue mucho más que anecdótica.

Una guerra moderna con comunicaciones frágiles

La Gran Guerra fue el primer conflicto a gran escala con telégrafo de campaña, teléfonos de campaña, radio y señalización luminosa. Sin embargo, la realidad del frente –bombardeos constantes, barro, inundaciones, gas, alambradas, cambios de posición a última hora– convirtió esa modernidad en algo frágil.

Las líneas telefónicas tendidas entre puestos avanzados y mandos fueron objetivo prioritario de la artillería. Los cables colgaban, se cortaban, se enterraban bajo explosiones. Los mensajeros humanos, obligados a correr por terreno abierto o a arrastrarse entre trincheras y cráteres, sufrían tasas de bajas altísimas.

Las bengalas y banderas dejaban un rastro demasiado visible para el enemigo. Las radios portátiles, primitivas, eran voluminosas, vulnerables y, en muchos casos, fáciles de interceptar.

Paloma Cher Ami exhibida en el Instituto Smithsoniano.
Paloma Cher Ami exhibida en el Instituto Smithsoniano.

En ese contexto, los animales adquirieron un papel crucial. Las palomas mensajeras han quedado como el símbolo más conocido de ese esfuerzo –y casos como el de la célebre paloma Cher Ami han pasado al imaginario popular–, pero en tierra, sobre el barro y entre los alambres, los auténticos especialistas en llegar donde otros no podían fueron los perros.

De mascotas a “equipos de telecomunicaciones”

La idea de usar perros en el campo de batalla no era nueva. Desde el siglo XIX, ejércitos europeos habían experimentado con perros de carga, de tiro o de guardia. Pero la guerra de trincheras convirtió esa tradición en un sistema organizado.

Alemania fue una de las pioneras: antes de 1914 ya contaba con asociaciones de adiestramiento canino vinculadas al ejército.

Francia y el Reino Unido, inicialmente reticentes, establecieron pronto sus propias secciones de “perros de guerra”. Con el tiempo, la mayoría de los grandes ejércitos del conflicto –incluidos el italiano, el ruso y, más tarde, el estadounidense– incorporaron perros a sus plantillas.

No existe una cifra única y definitiva, pero los historiadores coinciden en que, sumando todos los frentes, se utilizaron decenas de miles de perros durante la contienda. Una proporción significativa se destinó a tareas de mensajería, especialmente en sectores donde el terreno o la intensidad del combate hacían prácticamente imposible la comunicación fiable por otros medios.

Cómo se entrena a un mensajero en cuatro patas

Los archivos describen un método de adiestramiento tan sencillo en su lógica como exhaustivo en su ejecución. El perro mensajero debía, ante todo, aprender a moverse entre dos personas de referencia –generalmente dos soldados encargados de su cuidado– en cualquier circunstancia.

En los centros de adiestramiento, instalados a menudo en la retaguardia inmediata del frente, el proceso comenzaba como un juego: uno de los dos cuidadores sostenía al perro mientras el otro se alejaba varios cientos de metros y lo llamaba.

Cuando el animal llegaba, recibía comida y caricias. Luego se repetía la operación, pero en sentido inverso. Poco a poco, se añadían obstáculos: zanjas, alambradas, ruidos fuertes, humo. A continuación, estallidos de explosivos simulados.

El objetivo era que el animal asociara un trayecto concreto –de A a B, y a veces de B a A– con una recompensa segura, y que mantuviera ese comportamiento incluso bajo el estrés extremo del combate real. Cuando estaba listo, al collar se le incorporaba un pequeño tubo metálico estanco en el cual introducir notas, croquis o coordenadas.

Algunos ejércitos perfeccionaron este sistema añadiendo arneses con compartimentos para mapas o cintas de identificación.

Otros preferían que el perro regresara con una prenda o una tira de tela como señal de que había llegado a destino y estaba listo para un nuevo mensaje. En cualquier variante, la constante era la misma: un mensajero canino debía ser rápido, discreto, resistente y absolutamente fiable con su guía.

Bajo el fuego: misiones de alto riesgo

Si el adiestramiento era exigente, el trabajo en el frente lo era aún más. Los informes internos insisten en que los perros eran enviados frecuentemente de noche, aprovechando su visión y su olfato para orientarse en la oscuridad.

Pero también se les utilizó de día, en situaciones de urgencia, cruzando zonas batidas por ametralladoras y artillería.

La ventaja frente a los mensajeros humanos era evidente: un perro es más bajo, ofrece un blanco mucho menor y se mueve con más rapidez y agilidad entre obstáculos.

Además, podía avanzar por trayectorias imposibles para un soldado cargado, como pasos estrechos entre alambradas o bordes de cráteres llenos de agua.

Los jefes de sección aprendieron pronto a confiar en ellos. En más de un frente, cuando las comunicaciones se cortaban y la artillería enemiga intensificaba el fuego, la orden no era enviar otro corredor humano, sino “sacar al perro”.

Muchos de esos viajes no están documentados con detalle; forman parte de las miles de acciones anónimas que sostuvieron el día a día del frente.

Aun así, algunos casos quedaron recogidos en crónicas de época y memorias de combatientes, y permiten entender la dimensión real de lo que estaba en juego en cada carrera.

Rags y Meuse-Argonne: un mensaje que detuvo los cañones

Uno de los ejemplos mejor documentados es el de Rags, un pequeño perro mestizo adoptado en 1918 por soldados de la 1.ª División de Infantería de Estados Unidos en París.

Lo que empezó como una simple mascota de cuartel terminó convertido en un mensajero improvisado cuando la unidad fue enviada al frente.

Rags aprendió, con una rapidez que impresionó a sus dueños, a correr entre posiciones avanzadas y puestos de mando llevando mensajes en un tubo sujeto a su collar. Según los partes y testimonios recopilados después de la guerra, su momento decisivo llegó durante la ofensiva de Meuse-Argonne, en el otoño de 1918.

En uno de los combates más duros de esa operación, un batallón estadounidense quedó aislado. Las líneas telefónicas habían sido arrasadas, los corredores no podían atravesar el fuego enemigo y la artillería propia seguía disparando sobre una posición que ya había sido conquistada, causando bajas “por fuego amigo”. La única opción realista que vio el oficial al mando fue enviar a Rags.

El perro cruzó tierra de nadie en medio de explosiones y gas, y llegó al puesto de mando herido por la metralla y afectado por los gases. La información que portaba permitió corregir de inmediato el tiro de la artillería, detener el bombardeo sobre tropas propias y reorganizar el avance.

No hay una cifra unívoca de vidas salvadas, pero los historiadores coinciden en que, sin esa comunicación, las pérdidas habrían sido mucho mayores.

Rags sobrevivió a la guerra y fue llevado a Estados Unidos, donde vivió con la familia de uno de los oficiales de la unidad. Su caso ilustra algo que, en muchos otros, quedó sin nombre ni rostro: la línea directa entre un mensaje entregado a tiempo y la supervivencia de decenas o cientos de soldados.

La leyenda de “Satan” en Verdún

No todas las historias de perros mensajeros están tan bien respaldadas como la de Rags. Algunas han adquirido un aura legendaria con el paso de las décadas, como la del perro conocido como “Satan” durante la batalla de Verdún, en 1916.

Según relatos franceses difundidos tras la contienda, este perro habría llevado la última serie de mensajes entre el asediado fuerte de Vaux y las líneas francesas, cruzando varias veces una zona castigada por artillería pesada alemana. En la versión más repetida, Satan habría llegado finalmente al fuerte mortalmente herido, con el collar destrozado por la metralla pero con el tubo del mensaje aún intacto.

Los historiadores discrepan sobre los detalles y no existe consenso pleno sobre cuántas de estas anécdotas responden a hechos concretos y cuántas condensan, en un solo animal, la experiencia de muchos otros.

Lo que sí reflejan, más allá de la literalidad del relato, es la percepción que los propios combatientes tenían de esos perros: la de compañeros de armas cuya acción podía marcar el límite entre la resistencia y el colapso.

Más allá de los mensajes: salvavidas y psicólogos improvisados

Aunque esta historia se centra en los mensajeros, su impacto en la supervivencia de los soldados no se limitó a las órdenes y coordenadas que transportaban. En muchos cuerpos, los mismos perros eran empleados también para localizar heridos entre el humo y el barro, guiando a los camilleros o llevando pequeñas reservas de agua o vendajes.

Primera Guerra Mundial: batalla de Verdún. Una de las cámaras subterráneas del sistema fortificado de Verdún fue utilizada como hospital. El pequeño perro en primer plano se negó a separarse de su amo herido. c. 1916.
Primera Guerra Mundial: batalla de Verdún. Una de las cámaras subterráneas del sistema fortificado de Verdún fue utilizada como hospital. El pequeño perro en primer plano se negó a separarse de su amo herido. c. 1916.

Para soldados sometidos a meses de combate, dormir en refugios infestados de ratas y ver morir diariamente a camaradas, la presencia de un animal con el que se podía jugar, acariciar o simplemente compartir espacio suponía además un alivio psicológico difícil de cuantificar pero que aflora una y otra vez en cartas y diarios.

Muchos combatientes mencionan a “su” perro como una de las pocas cosas que les recordaban la vida civil.

Ese vínculo emocional tenía un eco práctico: los soldados estaban mucho más dispuestos a proteger a los perros, alimentarlos pese a las privaciones y, sobre todo, confiarles mensajes cruciales. El sistema funcionaba porque, detrás de la palabra “equipo de transmisiones”, había una relación de afecto y confianza mutua construida día a día.

Éxitos, fracasos y un balance que apunta a miles de vidas salvadas

No todos los perros mensajeros lograban su objetivo. Algunos morían en el trayecto, otros se desorientaban en medio de bombardeos especialmente intensos o quedaban atrapados en escombros.

Los manuales de época advertían de que ningún método de comunicación era infalible y que los mensajes esenciales debían tratar de enviarse por vías redundantes.

Aun así, los informes internos de varias unidades resaltan que los perros presentaban frecuentemente tasas de éxito muy superiores a las de los mensajeros humanos en condiciones comparables, sobre todo en sectores expuestos o de difícil acceso.

En algunas divisiones, se les reservaban ya de forma sistemática las comunicaciones de mayor riesgo.

Medir en vidas humanas el resultado de esas carreras bajo el fuego es, en gran parte, un ejercicio de estimación. Cada vez que un perro lograba transmitir una orden de retirada antes de que una posición fuera arrasada, una solicitud urgente de munición o un aviso de cambio en el objetivo de la artillería, el efecto se multiplicaba: se evitaban bajas propias, se reducían errores de coordinación, se cerraban brechas en la línea defensiva.

Un lugar en la historia de la guerra… y en la memoria

Reconocer el papel de los perros mensajeros en la Primera Guerra Mundial no implica romantizar su sufrimiento ni restar responsabilidad a los líderes humanos que llevaron a millones de personas al frente. Al contrario, obliga a mirar de frente una realidad incómoda: en las guerras modernas, también los animales han sido convertidos en herramientas, arrastrados a escenarios de violencia que no comprenden.

Al mismo tiempo, sus historias cuestionan una visión exclusivamente humana de la experiencia bélica. Un mensaje enviado atado al collar de un perro, un guía que comparte con él la comida escasa y un batallón que espera, bajo los obuses, la señal que determine si sobrevive o no hablan de una red de interdependencias que atravesó trincheras, especies y jerarquías.

Más de un siglo después del armisticio, mientras las ceremonias oficiales recuerdan a los caídos y los libros siguen reescribiendo la historia del conflicto, los perros mensajeros de la Gran Guerra comienzan, tímidamente, a ocupar el lugar que les corresponde. No como figuras sentimentales al margen de la historia, sino como actores discretos y decisivos de una de las guerras más devastadoras del siglo XX.