De mascota a miembro de la familia
En las últimas décadas, los perros han pasado de dormir en el patio a compartir sofá y cama con sus dueños. Muchas personas viven solas o retrasan la maternidad y la paternidad, y el perro se convierte en un gran apoyo emocional. Decir “perrhijo” parece una manera natural de expresar ese vínculo.

Para quienes lo usan, la palabra no es un chiste: refleja que el animal no es un objeto ni una alarma viviente, sino parte del núcleo familiar. Además, reivindica que su cuidado implica tiempo, dinero y responsabilidad, algo muy parecido a la crianza.
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Lo que preocupa a los entrenadores
Varios profesionales del adiestramiento y el comportamiento canino ven el asunto de otra forma. Su preocupación no es solo lingüística, sino práctica: cuando se trata al perro como un bebé humano, se corre el riesgo de ignorar sus necesidades reales como animal.

Estos especialistas señalan errores frecuentes: no poner límites “porque es mi perrhijo”, reír de conductas que en realidad son señales de estrés, o protegerlo en exceso del contacto con otros perros y personas. Todo esto puede aumentar la ansiedad, los miedos y, en casos extremos, la agresividad.
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Desde esta mirada, el término “perrhijo” puede ser problemático porque refuerza la idea de que el perro debe comportarse como un niño pequeño, obediente y siempre disponible, en lugar de como un ser con su propio lenguaje y ritmos.
¿A quién podría ofender?
Existe también una dimensión social. Algunas personas consideran ofensivo el término hacia quienes tienen hijos humanos, porque sienten que se trivializa la crianza.

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Otros recuerdan que para muchas parejas con problemas de fertilidad, bromear con “perrhijos” puede tocar una fibra sensible.
Al mismo tiempo, algunos defensores de los animales prefieren evitar la palabra “dueño” y hablan de “familia humana”, “tutor” o “responsable” del perro. Para ellos, lo ofensivo no es “perrhijo”, sino cualquier expresión que presente al animal como una cosa que se posee.
Más allá de la palabra
En el fondo, el debate sobre “perrhijo” revela algo más profundo: la dificultad para nombrar vínculos nuevos en una sociedad que cambia rápido.
Los expertos en ética animal suelen recordar que el problema no es tanto el apodo, sino lo que hay detrás: si el perro recibe atención veterinaria, socialización, ejercicio y respeto a su naturaleza.
Tal vez la salida esté en un punto medio: seguir usando las palabras que cada uno sienta, pero sin olvidar que un perro no es un niño, ni un juguete, ni un accesorio emocional. Es un animal con necesidades propias.
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La pregunta clave, más que si “perrhijo” es ofensivo, podría ser otra: ¿cómo muestra mi lenguaje el tipo de relación que tengo con mi perro y el nivel de responsabilidad que asumo hacia él?
