Un vínculo afectivo subestimado
“Para muchas personas, el animal de compañía es figura de apego primaria: quien acompaña la soledad, la vejez, la enfermedad”, explica la psicóloga clínica Laura Serrano, especialista en duelo. “Cuando muere, el impacto emocional puede ser tan intenso como el de perder a un familiar cercano. Lo que cambia no es la intensidad del dolor, sino el reconocimiento social”.

La literatura científica respalda esa afirmación: varios estudios han mostrado niveles de angustia y síntomas depresivos comparables a otros duelos significativos. Pero mientras la muerte de una pareja o un progenitor activa redes de apoyo y rituales, la de un animal suele enfrentarse a silencios, bromas o intentos de relativizar.
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El “duelo desautorizado”
En psicología se habla de “duelo desautorizado” para referirse a las pérdidas que la sociedad no legitima, un concepto desarrollado por el experto en duelo Kenneth Doka. La muerte de un animal de compañía encaja de lleno: la persona siente que no tiene derecho a estar tan mal.
“La frase ‘era solo un gato’ invalida emociones legítimas”, apunta Serrano. “Eso favorece que la gente oculte su dolor, no pida ayuda y, en algunos casos, desarrolle un duelo complicado”.
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La ausencia de rituales formales agrava el problema. No hay velatorios institucionalizados, misas ni permisos laborales garantizados. Algunas clínicas veterinarias comienzan a ofrecer salas de despedida y acompañamiento psicológico, pero son todavía excepciones.
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Cambios incipientes… y pendientes
En los últimos años, algunas empresas han incorporado días de permiso por la muerte de un animal de compañía, y proliferan grupos de apoyo en redes sociales. Para muchos dueños, estos espacios son los únicos lugares donde pueden contar su historia sin sentirse juzgados.
Los especialistas coinciden en que el primer paso es sencillo, pero profundo: dejar de minimizar. Preguntar, escuchar, permitir que la persona hable del animal fallecido, de sus rutinas y recuerdos, sin prisa ni comparaciones.
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“Reconocer el duelo no significa equiparar un perro a un hijo”, concluye Serrano. “Significa respetar el lazo afectivo que existía. Y eso, en una sociedad cada vez más sola, no es un detalle: es una cuestión de salud mental colectiva”.
