El origen exacto de la raza sigue siendo motivo de debate. Su nombre remite a Dalmacia, región costera de la actual Croacia, pero los expertos señalan que perros moteados similares aparecen en pinturas y documentos de distintos puntos de Europa desde la Edad Media.
Lo que sí está claro es que, a partir del siglo XVIII, el dálmata se consolidó como perro de carruaje en Inglaterra y otros países: corría junto a los caballos, abría paso entre la multitud y custodiaba equipajes y establos.
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De símbolo de estatus a bombero ágil
Su afinidad con los equinos fue clave. Los dálmatas mostraban una inusual calma cerca de los caballos, a los que acompañaban a largas distancias.
Esa combinación de resistencia física, instinto protector y aspecto llamativo los convirtió en un símbolo de estatus entre aristócratas y comerciantes acomodados.
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Cuanto más elegante el carruaje, más probable era ver uno o varios dálmatas trotando a su alrededor.
Con la expansión de las ciudades y el aumento de incendios urbanos en el siglo XIX, los cuerpos de bomberos profesionales empezaron a organizarse de forma formal. Entonces, la figura del dálmata dio un salto inesperado: pasó de escoltar carruajes privados a acompañar carros de bomberos tirados por caballos.
Su función era múltiple: corría por delante para despejar las calles, protegía los caballos de perros callejeros y curiosos, y vigilaba el material cuando los bomberos combatían el fuego.

En Estados Unidos, esta relación se volvió icónica. Fotografías de finales del siglo XIX y principios del XX muestran a los dálmatas subidos a los carros de bomberos, integrados casi como un miembro más del equipo.
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Incluso cuando los vehículos motorizados sustituyeron a los caballos, muchos parques de bomberos mantuvieron a estos perros como una tradición viva y una herramienta de educación pública: su imagen amigable ayudaba a acercar los servicios de emergencia a los niños.
En el cine y la TV
El cine y la televisión terminaron de fijar el mito. La película animada “101 dálmatas” de Disney, estrenada en 1961 y relanzada en los años noventa, disparó la popularidad de la raza, con consecuencias ambiguas.
El aumento de la demanda fomentó crianzas poco responsables que no siempre respetaron la salud y el temperamento del animal, algo que los especialistas siguen denunciando hoy.

Detrás de su estética inconfundible, el dálmata es un perro atlético, inteligente y con fuerte necesidad de ejercicio y estímulo mental. No es, advierten los etólogos, el “peluche” de manchas que muchos imaginan.
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Además, la raza presenta particularidades de salud, como la predisposición a la sordera congénita y problemas en el metabolismo del ácido úrico, que requieren controles veterinarios específicos y cierta experiencia por parte del cuidador.

En algunas estaciones de bomberos siguen presentes como mascotas oficiales, protagonistas de visitas escolares y campañas de prevención. En las ciudades, su figura sigue llamando la atención, recordando una época en la que las sirenas eran cascos de bronce, ruedas de madera y el ladrido de un perro blanco y manchado que abría paso entre la multitud.
