La psicología y la etología llevan años tratando de responder. Y la evidencia apunta a que sí existe un efecto de “contagio” emocional y conductual, aunque más complejo de lo que sugiere el tópico.
Dueños ansiosos, perros más estresados
Un estudio de la Universidad de Viena, publicado en 2019 en la revista PLOS One, analizó a más de 100 binomios perro–persona. Midieron rasgos de personalidad (como neuroticismo o extraversión) en los dueños, evaluaron el comportamiento de los animales y registraron niveles de cortisol, la hormona del estrés.

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El resultado: los perros de personas con altos niveles de ansiedad o inestabilidad emocional mostraban más signos de estrés y eran más temerosos en situaciones nuevas. No se trataba solo de obediencia o adiestramiento, sino de un patrón emocional compartido.
Los investigadores concluyeron que los perros no solo conviven con sus dueños: “leen” continuamente sus estados de ánimo y los incorporan a su forma de reaccionar ante el mundo.
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Personalidades que se contagian… y se eligen
En Estados Unidos, un trabajo de la Universidad Estatal de Míchigan, con más de 1.600 propietarios, encontró algo similar: las personas más responsables y organizadas tendían a tener perros más tranquilos y fáciles de adiestrar, mientras que dueños más extrovertidos describían animales más juguetones y activos.

Pero los científicos advierten de un matiz clave: una parte del parecido no nace de la convivencia, sino de la elección inicial. Quien lleva una vida muy deportiva suele preferir razas o individuos enérgicos; quien busca tranquilidad opta por perros más calmados.
Es decir, el parecido se debe tanto a la “imitación” como a la “selección”.
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Imitación, empatía y rutina compartida
¿Cómo se explican entonces las similitudes que aparecen con el tiempo? Los expertos señalan varios mecanismos.

El primero es el contagio emocional: los perros son muy sensibles al tono de voz, la postura corporal y la expresión facial humana. Si un dueño se muestra tenso o miedoso ante determinados estímulos, el animal aprende que esas situaciones son peligrosas.
El segundo es la rutina: horarios, nivel de actividad física, cantidad de interacción social y hasta la forma de reaccionar ante visitas o desconocidos crean un marco estable que moldea la conducta del perro. Con los años, ambos terminan compartiendo un mismo “estilo de vida emocional”.
Por último, la imitación directa también cuenta. Muchos perros copian gestos, patrones de juego o incluso pequeños rituales de sus humanos, reforzados sin querer con caricias o atención.
Hasta dónde llega el parecido
Ningún estudio sugiere que un perro “herede” por convivencia toda la complejidad de la personalidad de su dueño. Hay límites marcados por la genética, la raza y las experiencias tempranas del animal.
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Sin embargo, la mayoría de trabajos coincide en algo: el bienestar psicológico del perro está estrechamente ligado al de la persona con la que vive. Mejorar la gestión del estrés, ofrecer rutinas previsibles y practicar un adiestramiento respetuoso no solo beneficia al animal; también reduce la probabilidad de que el vínculo refuerce miedos o inseguridades en ambos sentidos.
En otras palabras, más que preguntarse si el perro termina pareciéndose a su dueño, quizá convenga reformular la cuestión: ¿en qué tipo de persona nos convierte convivir con un animal que nos observa, imita y refleja a diario?
