¡Cuidado! La humanización excesiva de tus mascotas puede ser dañina

Perro en su fiesta de cumpleaños.
Perro en su fiesta de cumpleaños.Ljupco

En un mundo donde los perros son tratados como hijos, la creciente “perrhijo‑ficación” plantea dudas sobre el verdadero bienestar animal. Expertos advierten que la confusión entre amor y sobreprotección puede llevar a serios problemas emocionales en nuestros compañeros peludos.

En muchas ciudades es ya una escena cotidiana ver cochecito para perros, fiestas de cumpleaños caninas, armarios llenos de ropa y menús “gourmet” adaptados al paladar del animal. La llamada “perrhijo‑ficación” se ha normalizado en una generación que retrasa la maternidad y paternidad, pero multiplica el gasto en sus mascotas. ¿Dónde está la línea entre el cariño sano y una proyección humana que puede dañar al propio perro?

Ansiedad y frustración: los primeros síntomas

“Lo vemos a diario: perros con ansiedad de separación extrema, hiperapego y problemas de conducta porque nunca aprendieron a ser… perros”, resume la etóloga clínica Marta Muñoz, que trabaja en Madrid. Según explica, el problema no es querer mucho al animal, sino confundir sus necesidades con las de un niño humano.

Perro con su tutora.
Perro con su tutora.

Perros a los que nunca se les permite oler a otros, jugar bruscamente o ensuciarse “porque se pueden hacer daño”, acaban desarrollando frustración y reactividad.

También es frecuente la sobreprotección ante cualquier interacción social: el tutor los coge en brazos al ver otro perro, les habla como a un bebé asustado y refuerza, sin querer, el miedo.

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“Llega un punto en que el animal vive en alerta constante, pendiente del humano, sin herramientas para gestionar el entorno por sí mismo”, añade Muñoz.

El perro no entiende los “roles humanos”

Convertir al perro en “pareja de sustitución” o “bebé eterno” tiene otra consecuencia silenciosa: rompe su estructura social. Los perros entienden mejor el mundo a través de rutinas claras, límites consistentes y un rol definido en la familia.

Perro con su tutora.
Perro con su tutora.

“Cuando el perro decide todo —dónde duerme, cuándo come, cuánto pasea— y el humano solo reacciona a sus demandas, aparece la inestabilidad. No es que el perro se vuelva ‘dominante’, es que nadie lleva el timón”, explica el veterinario especialista en comportamiento Jordi Aranda.

Esa falta de previsibilidad puede derivar en conductas compulsivas, ladridos constantes o marcaje dentro de casa. En muchos casos, los tutores interpretan estas señales como “celos” o “rabietas humanas”, y responden con más mimos o castigos incoherentes, cerrando un círculo de incomprensión.

Ropa, cochecitos y redes sociales: ¿daño real o moda inofensiva?

No toda humanización es negativa. Celebrar el cumpleaños del perro no supone un problema en sí mismo, lo que importa es si esta y otras prácticas respetan la naturaleza y el lenguaje del animal.

Perro en un cochecito.
Perro en un cochecito.

“El daño empieza cuando el disfraz incomoda al perro, el cochecito sustituye a los paseos o las fotos para redes sociales valen más que su bienestar”, apunta Aranda. Un perro que apenas pisa la calle, que no tiene contacto con otros de su especie o que vive rodeado de estímulos constantes para “generar contenido” puede desarrollar estrés crónico.

Las señales son sutiles: bostezos fuera de contexto, lamerse el hocico repetidamente, girar la cabeza al ser abrazado, evitar la mirada o quedarse rígido en brazos. Son formas caninas de decir “no estoy cómodo” que a menudo se interpretan como ternura.

Amar como a un hijo, pero respetar como a un perro

Los especialistas coinciden en que el afecto intenso no es el problema; la clave está en cómo se expresa. Un perro con buena salud mental necesita ejercicio físico diario, exploración, contacto social con otros perros compatibles, normas claras y momentos de calma sin estimulación constante.

Perro en su fiesta de cumpleaños.
Perro en su fiesta de cumpleaños.

“Tratarlo como familia es positivo si eso significa compromiso, protección y cuidados. Se vuelve dañino cuando proyectamos en él nuestras carencias emocionales y olvidamos que su manera de ser feliz no es idéntica a la nuestra”, concluye Muñoz.

En otras palabras: se puede querer al perro “como a un hijo”, siempre que no se le exija comportarse como un humano. Porque, al final, lo que más necesita es que alguien le permita ser lo que realmente es: un perro.