Quien convive con un perro suele conocer el gesto: basta con rascarle en la base de la cola —justo encima del lomo, donde empieza el rabo— para que el animal se inmovilice, eleve la cadera, mueva la pata trasera como si “tocara el tambor” o sacuda la cola con entusiasmo.

El “punto exacto” parece un interruptor universal, pero la explicación es menos mágica y más biológica.
Veterinarios y especialistas en conducta suelen coincidir en que esa zona concentra terminaciones nerviosas y está conectada con reflejos automáticos.
Al estimularla, se activan circuitos que pueden provocar respuestas involuntarias, como el movimiento rítmico de la pata (similar al reflejo de rascado) o una postura que facilita el acceso a una zona que los perros no alcanzan bien por sí mismos.
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En términos simples: les alivia y, a la vez, el cuerpo “responde” sin pedir permiso.

También hay un componente social. El acicalamiento es una conducta frecuente entre animales que viven en grupo: lamer, mordisquear o rascar suavemente refuerza vínculos. Cuando un humano reproduce ese gesto en un lugar especialmente sensible, muchos perros lo interpretan como una interacción positiva, asociada a atención y seguridad.

No es casual que algunos se acerquen, se giren y “ofrezcan” la grupa: están pidiendo una caricia que conocen.
No es para todos
No todos lo disfrutan por igual. La edad, el temperamento, experiencias previas y hasta la anatomía influyen.
Un perro puede tolerarlo sin entusiasmo o incomodarse si se hace con demasiada presión, durante mucho tiempo o sin señales previas.
La clave está en leer el lenguaje corporal: relajación, cola suelta y búsqueda de contacto suelen indicar placer; rigidez, orejas hacia atrás, intento de alejarse o lamido nervioso de hocico pueden ser señales de estrés.
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Hay un matiz importante: cuando el rascar “engancha” demasiado —y el perro parece desesperado, gira para morderse la zona o se irrita— puede no tratarse de gusto, sino de picor o dolor.
Parásitos como pulgas, dermatitis, alergias, problemas en las glándulas anales o molestias en la columna pueden hacer que el animal busque alivio justo allí.
El “punto exacto”, entonces, es una mezcla de sensibilidad nerviosa, reflejos y comunicación. Y como casi todo en el trato con animales, funciona mejor cuando se hace con suavidad, observación y respeto por la respuesta del perro.
