El 28 de julio de 2020, Paola Solís Flores fue derivada a cuidados paliativos tras ser diagnosticada con un tumor en el tronco encefálico. Según el informe médico, ya no existían posibilidades de tratamiento curativo y el abordaje se limitaba al control del dolor y al acompañamiento en la etapa final.
“Hoy, limpiando mi casa, volví a encontrar este papel —refiriéndose al informe médico— y entendí que ya no debía seguir solo guardándolo. Me llevó casi seis años encontrar las palabras y el valor para compartir esto, pero hoy siento que callarlo sería quitarle la esperanza a alguien que quizás la necesita. Fue el día en que la medicina me soltó la mano, pero Dios sí me sostuvo”, relató Solís.
De acuerdo con su testimonio, fue enviada a su domicilio con un pronóstico irreversible y permaneció más de seis meses en coma profundo. Para la medicina, no existían posibilidades de recuperación.
Sin embargo, contra todo criterio clínico, Paola despertó.
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“Mi familia tomó la decisión de llevarme a casa para esperar el desenlace en la intimidad del hogar. Pasé más de seis meses en coma profundo. Para la ciencia, yo era una paciente que no volvería. Pero mientras los médicos decían ya no se puede, muchos se unían en oración y una fuerza mayor me estaba sosteniendo y reconstruyendo en silencio, hasta que desperté contra todo pronóstico humano”, expresó en su publicación.

“Hoy soy testimonio de que los milagros no necesitan permiso de la medicina para ocurrir. El tumor en el tronco encefálico ya no está. Comparto este diagnóstico que la fe superó para decir algo muy simple, pero muy verdadero: no te rindas. La última palabra no la firma un hombre, la firma Dios”, concluyó.
El caso de Paola Solís Flores se convirtió en un testimonio que interpela tanto a la fe como a la ciencia y reabre el debate sobre los límites del diagnóstico médico frente a experiencias que desafían toda explicación.
