Es cierto. No podemos quedarnos atrapados por la historia. Lo correcto es no olvidar y aprender de la historia. Y la historia hoy es muy diferente a la de 42 años atrás, cuando el 22 de marzo de 1984 el general Alfredo Stroessner ordenó a sus esbirros el violento allanamiento de nuestro diario para silenciarlo.
Unos 500 trabajadores fueron forzados a desalojar. Nuestras máquinas de escribir fueron pasto de polvo y telarañas en un rincón de la sala de redacción, policías uniformados, o de civil, fueron apostados las 24 horas frente a nuestros locales anotando chapas de vehículos y nombres de las personas que osaban atravesar el cerco para visitar al director, Aldo Zuccolillo, virtualmente único autorizado a permanecer en el edificio principal.
La mordaza duró cinco largos años. No quedó un atisbo de prensa crítica del Gobierno. Las repercusiones de la sistemática represión contra opositores apenas eran conocidas en el exterior gracias al reporte de algunas agencias internacionales de noticias, cuando no les cortaban la comunicación telefónica.
Para las nuevas generaciones puede parecer una anécdota o una descripción de lo que escuchamos y vemos hoy por TV en Cuba, Nicaragua o Venezuela. Pero el Paraguay ya vivió así, bajo un régimen autoritario, intolerante, brutal, donde el derecho era facultad exclusiva de la maquinaria punitiva operada personalmente por el dictador.
La expulsión del poder
Como ocurre casi siempre con estos hombres que se encandilan con el poder político, aquel fue expulsado a cañonazos el 3 de febrero de 1989 por un puñado de militares valientes que se animaron a enfrentarlo para reinstaurar las libertades públicas.
Desde entonces, todos en este país pueden hablar y expresarse libremente. ABC volvió a circular a partir del 22 de marzo de ese año para volver a gravitar con su liderazgo en la opinión pública. La prensa adscripta al exmandamás (que vivió un exilio dorado hasta su muerte en 2006 en Brasilia) quebró y desapareció y sus adláteres callaron, se mimetizaron y se reinsertaron impunes sacando provecho de la vigencia de las nuevas libertades.
Eran aquellos que, como su otrora propagandista estrella, Alejandro Cáceres Almada, proclamaban: “El diarote de la calle Yegros será reducido a escombros por la fuerza de nuestros batallones de asalto...”.
Hoy tenemos una gama de medios oficialistas, opositores, independientes, extremistas, de todas las tendencias. Hasta cada ciudadano se manifiesta responsable o irresponsablemente en las plataformas de Internet, muchos abusando inclusive sin escrúpulos emitiendo noticias falsas para difamar.
La administración de justicia padece en un estado vegetativo, plagada de jueces y fiscales prisioneros de los negocios de la política, a la que le falta con urgencia el Glasnost, la institucionalización de la transparencia.
Autoritarismo sigue
Del Gobierno autoritario parió la nueva Nomenklatura reinante, de tanto en tanto renovada (forzada por sus escándalos) la élite burocrática colmada de privilegios especiales. Es la que se empeña en echar sombra sobre los emprendedores que basan el éxito en sus propias habilidades con el capital.
Los miembros de esta clase privilegiada, como se ha visto y comprobado, son políticos de distintas banderías, empresarios ligados a las licitaciones del Estado, hasta con conexiones con “empresarios de frontera”, incluso narcotraficantes. Ellos se unen en un momento dado para destruir a los que se atreven a develar sus negociados.
Es el peligro que acecha a la prensa. Es lo que puede volver a teñir de sangre a la nación si no cambia y se fortalece a la justicia.
ABC ya volvió a sentir sus embates con el asesinato a balazos de su periodista Pablo Medina, el 16 de noviembre de 2014, en la actualidad, con las refinadas formas de persecución política, como en el pasado con querellas planteadas en el Poder Judicial contra la cabeza visible de este medio.
