El costo silencioso de la debilidad institucional en Paraguay

En un contexto donde las estrategias de desarrollo abundan, pero su ejecución naufraga, la mirada crítica permite poner el foco en un problema estructural: la fragilidad de las instituciones. Desde la falta de reglas claras para competir hasta la debilidad para coordinar políticas públicas, los costos no solo son económicos, sino también reputacionales y estratégicos.

La debilidad institucional es uno de los factores menos visibles, pero más determinantes en el estancamiento de muchas estrategias de desarrollo en Paraguay. Más allá de los planes y las intenciones, persisten falencias estructurales que impiden sostener políticas públicas en el tiempo, articular actores y garantizar reglas claras para el sector privado. El problema es antiguo, pero sus consecuencias son cada vez más visibles, yendo desde la baja competitividad hasta la pérdida de confianza en las instituciones.

Uno de los especialistas que ha estudiado este fenómeno es José Tomás Sánchez, doctor en Gobierno por la Universidad de Cornell (Estados Unidos) y experto en políticas públicas, con experiencia en procesos de reforma institucional y planificación estratégica en Paraguay. A través de su análisis, permite descomponer con claridad cómo la debilidad estructural del Estado afecta no solo a los organismos públicos, sino también a la iniciativa privada, al clima de negocios y a las propias posibilidades de desarrollo sostenible.

Una definición práctica, no abstracta

Para Sánchez, la debilidad institucional local no es un concepto abstracto, sino un fenómeno cotidiano que se manifiesta cuando las instituciones no logran imponerse frente a intereses particulares y, por lo tanto, fallan en garantizar que las normas se apliquen por igual para todos. Este déficit se traduce en arbitrariedad, discrecionalidad e impunidad.

Aunque reconoce avances en áreas macroeconómicas y fiscales, persisten zonas clave donde la fragilidad institucional afecta directamente el desarrollo equitativo y la confianza en el sistema. La debilidad se vuelve más crítica cuando interfiere en la ejecución de estrategias de Estado o cuando desincentiva procesos de inversión privada que requieren certidumbre normativa y estabilidad jurídica.

Estrategias que naufragan sin institucionalidad

En el plano empresarial, la debilidad institucional impone trabas invisibles, pero profundas. “El mercado de competencia empresarial sigue afectado por la presencia de empresas que no cumplen leyes para formalizarse. Esta impunidad afecta la decisión de formalizarse, ya que muchos actores no ven incentivos para hacerlo”, advierte Sánchez. La falta de garantías afecta la competitividad, desalienta alianzas estratégicas y frena el financiamiento e innovación.

Incluso, sectores con potencial de crecimiento, como la industria o el inmobiliario, operan en un entorno de incertidumbre normativa que reduce horizontes de planificación y eleva los costos de oportunidad. A largo plazo, la fragilidad institucional debilita la profesionalización de las empresas familiares y limita el acceso al mercado de capitales, dos condiciones clave para escalar.

Impactos concretos: ganadería, energía y vivienda

El experto revela espacios donde el Estado ha fallado en ejercer un rol articulador. En la cadena ganadera, por ejemplo, la escasa capacidad para mediar entre frigoríficos y productores genera conflictos que impactan en la descapitalización de pequeños actores y en el desempleo rural.

En el sector energético, el país se acerca al límite de su matriz actual sin planes claros de diversificación, lo que representa un riesgo estructural para los sectores industriales intensivos en energía. Asimismo, en lo urbano, una oferta creciente de viviendas convive con una demanda que no puede acceder por falta de crédito asequible.

Costos invisibles que erosionan el desarrollo

La fragilidad institucional no solo genera obstáculos operativos o legales. También arrastra consecuencias más difíciles de cuantificar, pero profundamente corrosivas. Sánchez advierte que “la debilidad institucional genera una amplia gama de costos”, y entre ellos destaca aquellos que no se ven reflejados directamente en el presupuesto, pero que afectan la estructura misma de las oportunidades.

Reputación, competitividad y estancamiento

Uno de los más relevantes –e intangible muchas veces– es el costo reputacional país. “La afectación es tanto para instituciones públicas como para empresas privadas que operan en ese entorno”, sostiene. En contextos donde no hay reglas claras ni aplicación homogénea de las normas, la imagen país se deteriora y con ello la capacidad de atraer inversión, generar alianzas estratégicas o, incluso, escalar regionalmente con productos y servicios.

En segundo lugar, se pierden ventajas en competitividad. Un ecosistema institucional débil no acompaña al sector privado en su esfuerzo por innovar o adaptarse a los cambios del mercado. La ausencia de soporte desde el Estado, ya sea en infraestructura, incentivos, formación técnica o planificación, genera una economía de alto riesgo y bajo impacto, donde pocas empresas asumen desafíos estructurales.

Esto ha sido identificado, incluso, por el propio sector público. El Plan de Crecimiento País 2035, impulsado por el Ministerio de Industria y Comercio (MIC), reconoce que una de las principales barreras para ejecutar políticas industriales de largo plazo es “la falta de coordinación interinstitucional y la ausencia de una entidad técnica permanente” que pueda liderar y sostener dichas estrategias. Lo mismo se observa en el Plan Nacional de Desarrollo (PND) 2050 del Ministerio de Economía, que plantea la necesidad de blindar los proyectos de desarrollo ante los vaivenes políticos.

Una hoja de ruta pendiente

Aunque los efectos de la fragilidad institucional están a la vista, las reformas de fondo siguen postergadas. Para Sánchez, el camino está claro: “Paraguay debe priorizar la consolidación y fortalecimiento de sus instituciones públicas”, sostiene. Entre los pasos urgentes destaca la necesidad de profesionalizar el servicio civil, blindar los organismos de control de la injerencia política y garantizar la independencia del Poder Judicial, la Contraloría y el Ministerio Público.

La falta de continuidad en las políticas públicas es otro punto crítico. Sánchez advierte que “el Ministerio de Economía debe tener un fuerte rol de coordinar y monitorear políticas públicas con visión de largo plazo”, evitando que cada gobierno reinicie estrategias previamente estructuradas. Para ello, propone reforzar los mecanismos de planificación, ampliar el acceso público a la información y aplicar tecnología que permita trazabilidad y control ciudadano.

El impacto de esta debilidad institucional no se distribuye de manera uniforme. “En primer lugar, la industria, porque necesita grandes capitales, tiene márgenes reducidos y requiere seguridad jurídica para proyectos a largo plazo”, explica. También menciona al sector inmobiliario, afectado por la baja capacidad de pago y la falta de políticas de acceso a la vivienda; al sector energético, por la escasa planificación en el uso de recursos, y la logística y las exportaciones, perjudicadas por la lentitud en pasos fronterizos y la infraestructura insuficiente. Finalmente, el sistema financiero opera bajo una percepción elevada de riesgo, lo que desalienta inversiones y frena el desarrollo.

José Tomás Sánchez, doctor en Gobierno por la Universidad de Cornell (Estados Unidos) y experto en políticas públicas.
José Tomás Sánchez, doctor en Gobierno por la Universidad de Cornell (Estados Unidos) y experto en políticas públicas.