América Latina carga con una cuenta externa que supera los US$ 2 billones. En el cierre del 2024 y parte del 2025, la fotografía de la deuda externa total acumulada —obligaciones con no residentes— muestra una concentración marcada: el peso regional se apoya en muy pocos países y el resto juega en otra escala.
Aunque existen datos parciales de 2025 para algunos países, el ranking se construyó con el cierre de 2024, el último año con cifras comparables y homogéneas para toda la región. En esta nota, el concepto de “deuda externa total” se entiende como el stock de obligaciones con no residentes que incluye deuda pública y públicamente garantizada, deuda privada no garantizada, uso de crédito del Fondo Monetario Internacional (FMI) y deuda de corto plazo, principalmente según datos del Banco Mundial (BM) a precios actuales.
Dos gigantes, y un segundo bloque relevante
Brasil y México encabezan el ranking con gran diferencia y distancia del resto. Solo Brasil suma US$ 605.464 millones y México US$ 591.255 millones; juntos superan US$ 1,19 billones. Luego aparece el siguiente tramo del ranking, con Chile (US$ 244.965 millones) en tercer lugar y Argentina (US$ 242.357 millones) en el cuarto, prácticamente en un mismo orden de magnitud, seguidos por Colombia (US$ 201.764 millones) en quinta instancia.
Enseguida se ubican Venezuela (US$ 164.432,6 millones) y Panamá (US$ 146.279,2 millones), antes de pasar al bloque de economías medianas. Esta es la línea de arranque: entender dónde se concentra el volumen para después discutir presión sobre PIB, composición por acreedor y riesgo fiscal.
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Más abajo en el ranking 2024, el mapa cambia de escala: Perú (US$ 93.268,7 millones) y Ecuador (US$ 60.364,7 millones) lideran el tramo medio, seguidos por Uruguay (US$ 46.318,8 millones) y Costa Rica (US$ 38.729,0 millones). Luego aparece un grupo de stocks más acotados —Paraguay (US$ 29.963,5 millones), Guatemala (US$ 27.058,9 millones) y El Salvador (US$ 24.961,9 millones)— antes de bajar a Bolivia, Nicaragua, Honduras y el resto de las naciones de la región.

Tamaño no es presión: deuda externa vs. peso sobre el PIB
El ranking por montos ordena el mapa, pero no explica por sí solo la presión real. Una economía grande puede cargar cientos de miles de millones en deuda externa y aun así sostenerla con relativa holgura; una economía más chica, en cambio, puede sentir como asfixiante un stock mucho menor si pesa demasiado sobre el tamaño de su economía. Por eso, el segundo lente es mirar la deuda externa total con relación al PIB en 2024.
En el grupo de economías grandes, los ratios se mueven en una franja más contenida: Brasil ronda el 27,7%, México el 31,8%, Argentina el 38% y Colombia el 48,2%. El contraste es claro: Panamá aparece como un caso extremo por su endeudamiento externo alto frente al PIB, con un nivel cercano al 170%. En Chile, el stock externo ronda el 74,2%, Paraguay el 67,4% y Uruguay el 57,2%. Más abajo, Ecuador se ubica en 48,4% y Perú en 32,2%. En otras palabras, no siempre el que más debe en dólares es el que está más expuesto cuando la deuda se mide contra el tamaño de su economía.
Esta comparación permite entender por qué países que no están en la cima del listado absoluto pueden enfrentar más tensión financiera ante shocks de tasas, depreciaciones o cierres de crédito. Y también muestra que la “deuda regional” no es un problema uniforme: cambia de naturaleza según la escala y la estructura económica de cada país.
Cuando el deudor es el Estado: la presión fiscal y el rol del FMI
Hasta aquí se habla del “stock total” del país. Pero el debate político y fiscal suele girar alrededor de otra capa: la deuda pública externa, porque es la que termina compitiendo directamente con el presupuesto, el crédito doméstico y la estabilidad macro. En ese terreno, el mapa regional se ordena menos por tamaño económico y más por historial de crisis, capacidad de acceso a mercados y necesidad de asistencia multilateral.
En América Latina, el FMI no es un acreedor “más”: aparece como prestamista de última instancia cuando el financiamiento se corta o se vuelve prohibitivo. El caso emblemático sigue siendo Argentina, donde el Fondo se convirtió en un actor central de la hoja de ruta macroeconómica y del calendario financiero. En paralelo, países como Ecuador han recurrido a programas para estabilizar la caja externa y recuperar credibilidad, mientras Centroamérica y el Caribe (dependiendo del país) conviven con una presencia relevante de multilaterales como el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y el Banco Mundial.
La clave en este punto no es solo saber cuánto se debe, sino a quién y bajo qué condiciones. La deuda pública externa puede ser —y debería ser siempre— una válvula de financiamiento para inversión y estabilidad, pero también un canal de condicionalidad y ajuste cuando el margen fiscal se agota.
A quién se le debe: tres acreedores, tres lógicas
En detalle, no toda deuda externa funciona igual, porque no todos los acreedores se comportan de la misma manera. En la región conviven tres lógicas que suelen tensionarse entre sí: el financiamiento de desarrollo, el rescate de emergencia y el crédito de mercado.
Multilaterales: estabilidad y plazos. En este caso, el BID, el Banco Mundial o CAF suelen aportar el tramo más previsible del endeudamiento externo, que atañe créditos asociados a proyectos, programas o reformas, con plazos largos y desembolsos escalonados. Para muchos países, ese componente actúa como “columna vertebral” cuando los mercados se cierran o se encarecen.
Mercados: señal de confianza y costo. Por su parte, los bonos y la banca internacional son otra historia. Ahí manda el precio, donde si sube el riesgo, sube la tasa y el roll-over se vuelve un problema. En ese canal, una misma cifra de deuda puede ser manejable o explosiva según vencimientos, moneda y credibilidad fiscal.
FMI: liquidez, pero con condicionalidad. Como tercer actor aparece el Fondo, que suele presentarse cuando el resto no alcanza: no solo financia, también ordena un programa y condiciona política económica. Por eso, más que “otro acreedor”, muchas veces define el marco bajo el cual negocia todo el resto.

Lo que cambia cuando el stock se vuelve problema
Si bien la deuda externa total ordena el mapa y ayuda a entender la composición regional, el riesgo aparece cuando el stock se convierte en la agenda cotidiana, es decir, reservas que no alcanzan, vencimientos concentrados, moneda débil o acceso a crédito cada vez más caro. Por eso, detrás del ranking conviven historias muy distintas.
Argentina, por ejemplo, es el caso donde la deuda se transformó en un eje político y social permanente, donde la relación con el FMI, la necesidad de recomponer reservas y la renegociación constante del calendario financiero definieron la macro de los últimos años. Ecuador, por su parte, mostró cómo un esquema frágil puede derivar en episodios de estrés y reestructuraciones, y cómo el respaldo multilateral se vuelve una llave para estabilizar.
En el otro extremo, Chile combina un stock externo alto con una institucionalidad financiera que históricamente sostuvo acceso a mercados, aunque con sensibilidad a shocks externos y al ciclo del cobre. Panamá, con ratios muy elevados frente al PIB, es un caso particular por su rol financiero y su estructura de servicios: el volumen externo no se interpreta igual que en economías más cerradas.
Y en países como Paraguay, Uruguay o Perú, la discusión suele ser más preventiva, ya que el desafío está en evitar que un stock manejable hoy se vuelva un problema mañana por tipo de cambio, tasas o vencimientos mal escalonados.
Lo que viene: el costo del dinero y la “prueba” de refinanciación
El 2026 no va a poner a prueba a la región por el tamaño del stock en sí, sino por la asequibilidad: cuánto cuesta sostener y renovar esa deuda en un mundo donde el financiamiento ya no vuelve al “dinero barato”. En 2024–2025, la mediana regional del diferencial r–g (tasa real pagada por la deuda vs. crecimiento) subió hasta 2,4%, un dato que cambia la lógica fiscal, es decir, aun con cuentas primarias ordenadas, la relación deuda/PIB tiende a empujar hacia arriba si el costo real supera al crecimiento.
Ese deterioro se siente en caja: los pagos de intereses representan, en promedio, entre 13% y 14% de los ingresos gubernamentales, el nivel más bajo de “respiro” desde 2006. Y aunque el mercado siguió abierto para algunos emisores, lo hizo más caro: entre enero y septiembre de 2025, América Latina colocó alrededor de US$ 161.000 millones en deuda internacional con un cupón promedio de 6,6%, muy por encima del 3,6% de 2021.
En ese tablero, la refinanciación pasa a convertirse en un examen permanente para los países de la región, abarcando plazos, tasas y credibilidad, con multilaterales y FMI ganando peso cuando el mercado sube la vara.
