Metástasis: reproducción o extensión de un foco canceroso a un órgano distinto de aquel en que se inició.
Este mal de “arriba” que infesta todo lo de “abajo”, ha manifestado sus síntomas también en nuestro país y amenaza con profundizarse hasta límites incontrolables si no se implementan medidas legales y operativas que erradiquen un cáncer ya derivado en metástasis, ya imposible de ignorarlo: la corrupción en los más altos niveles de la vida pública.
Para ilustrar con mayor claridad el fenómeno, puede tomarse un ejemplo del cine. En 1972, se estrenó “El Padrino” (“The Godfather”, Francis Ford Coppola), film que desnudó un profundo cambio de los paradigmas sociales. Antes, sólo habíamos visto películas en las que “los buenos” eran buenos y siempre emergían victoriosos sobre “los malos”; mientras éstos morían o eran debidamente castigados al final de la película.
Pero cuando conocimos la historia del clan Corleone, empezamos a ver a los malos como héroes, tanto como regocijarnos con su perversa eficacia para hacer “lo que había que hacer” cuando se trataba de obtener algún beneficio o ejercer un castigo. Era como si notáramos en ellos: en su determinación, en su poderío, en la brutal capacidad operativa con la que resolvían “sus problemas”. Característica que hubiésemos querido ver en nuestros gobernantes. Es decir, los “buenos”.
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Para que los nuevos roles sociales quedaran todavía más claros, el clan tenía también a policías corruptos como enemigos. De manera que si la Policía hacía de mala … ¿cómo no admirar a los malos que hacían de buenos? Complicada la cosa. Y más si estos papeles fueron asignados a Marlon Brando y Al Pacino, ya de por si admirados por el público aficionado al cine.
Pero la popularizada gesta de Don Corleone y su familia, es hoy un modelo peligroso pues como se ha visto, corresponde a lo que se define como el “liderazgo invertido”: por un lado tenemos una democracia desnaturalizada con autoridades electas defraudando reiteradamente la confianza de sus votantes. Por el otro, bandas mafiosas operando con total libertad cuando no directamente en complicidad con algunos agentes oficiales; con recursos que superan -de lejos- a los muy magros que opone un Estado que ni siquiera exhibe algún sentido de responsabilidad frente a la audacia y determinación de los Corleones locales.
Debemos admitir que quienes se encuentran excluidos del sistema, sin trabajo estable ni viviendas que puedan llamarse tales, sin coberturas médicas y sin educación, ya no tienen muy claro las líneas que separan lo bueno de lo malo; lo legal de lo ilegal. Mucho menos si de sobrevivir se trata. Porque gracias a una sobredosis de tecnología y redes de información, se percatan que ahí cerca, fuera de sus covachas de hule y cartón, existe una sociedad que se solaza en la abundancia y el dispendio. Como también saben de las escasas posibilidades de que cambien las cosas con cualquiera en el Gobierno.
Es cuando llegan a la triste conclusión de que no hay diferencias entre quienes tienen cargos y obligaciones pero defraudan, y los que defraudan -sin mentiras ni promesas- pero viven más cerca de sus necesidades y son tan marginales como ellos. En medio de este dilema, “la delgada línea roja” que separa a buenos y malos se convierte en invisible. Y lo es más, cuando el liderazgo partidario recuerda “a los de abajo” sólo cuando los necesita en sus campañas partidarias; o cuando el Gobierno les “concede” la posibilidad de “ir tirando” con algún subsidio/soborno; o con permitirles la venta de un producto de contrabando en plena calle al amparo de la indiferencia general, de los organismos contralores y hasta de la misma Policía.
El peor síntoma de esta “metástasis”, es que todos comenzamos a mirar con desconfianza a la misma democracia, sus procedimientos, a sus instituciones y a cualquiera que emerja de los rituales electorales.
Es el círculo vicioso que toda mafia necesita para realimentarse.