Querer vencer la tentación

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El miércoles de ceniza empezamos la Cuaresma, que es un tiempo de preparación para la Pascua. Durante cuarenta días somos invitados a practicar de modo más intenso el ayuno, la oración y la limosna-solidaridad.

Mc 1,12-15

El Evangelio hoy nos muestra Jesús en el desierto, sufriendo las tentaciones que Satanás le propone. Eso nos revela dos características profundas de la realidad humana: el espíritu maligno existe, es el “Padre de la mentira” y trata de engatusarnos con tremenda fineza. Por otro lado, las tentaciones del hombre Jesús son las mismas del ser humano de todos los tiempos.

Jesús lucha contra las tres seducciones que nos machacan a lo largo de la existencia: la búsqueda del placer, lícito o ilícito; el gusto del poder y de ser el “pelota jára” y finalmente, la brutal inclinación por tener bienes, hasta hacer cualquier daño al semejante con tal de lograrlos.

En el Padrenuestro Él nos enseña: “No nos dejes caer en la tentación”, porque las concupiscencias están muy cerca de nosotros, y son realmente cautivantes: hay que querer vencer todas las tentaciones.

Felizmente, nosotros poseemos muchos recursos para refrenar las insidias del enemigo, empezando por una fe humilde y bien cultivada. Acercándonos al Señor podemos contar con su poderosa ayuda, y alimentando nuestra fe con la oración y la participación dominical en la Eucaristía, entendemos mejor las ideologías del mundo, y los altibajos afectivos que sacuden nuestro corazón.

Es una época en la cual debemos practicar un poco más de ayuno, ya sea no comer carne los días viernes, ya sea un ayuno más complicado todavía: el ayuno del teléfono celular.

Es cierto que la penitencia no es bien comprendida en nuestros tiempos, pues se busca la satisfacción inmediata en todas las cosas. A lo sumo, se hace ayuno por una cuestión de dieta terapéutica, o para bajar algunos kilitos de la silueta.

Entendamos que el ayuno es muy útil para ejercitarnos en la autodisciplina, pues todo en la vida debe tener límites; es arma poderosa para vencer el egoísmo, que fácilmente nos arrastra; es recurso eficaz para abrir nuestro corazón a Dios, y también nos confiere fortaleza emocional, ya que uno se vuelve dueño de sus emociones y no es zarandeado fácilmente por trastornos desubicados.

De manera aún más intensa, el ayuno nos hace semejantes a Cristo, que ayunó cuarenta días para vencer las tentaciones, y también nos impulsa a la caridad, pues de lo que uno se priva será utilizado en beneficio de un hermano necesitado: es la grandeza de la solidaridad.

Paz y bien.

hnojoemar@gmail.com