Fue imposible no sentir emoción al escuchar la cuenta regresiva en los controles de la NASA, desde la Wallops Flight Facility, en Virginia, Estados Unidos y ver que la ignición del cohete significaba el vuelo espacial más importante para nuestro país.
Tras esto se vinieron los aplausos y las felicitaciones. Es fácil decir ahora “aplaudimos, alentamos a los jóvenes” a que hagan esto y lo otro. Pero para llegar a esto hubo mucha lucha, “sangre, sudor y lágrimas”. El talento paraguayo se abrió camino para unirse a la ciencia japonesa porque hubo alguien que creyó que esto era posible y no solo creyó, sino que apostó todas sus fichas, su alma y convicciones para que esto pasara. Mientras todos se preguntan el objeto de una AEP, Jara y Mendoza hacen historia desde Kyutech Institute de Japón, donde diseñaron el satélite y en convenio con la JAXA, agencia espacial de Japón, pudieron hacer este sueño realidad. Datos del 2015 dan cuenta de que la inversión de Paraguay en investigación y desarrollo llegaba a un 0,13% del PIB; al 2021 esta cifra no ha variado demasiado. La proeza espacial paraguaya se desarrolló con una inversión de apenas US$ 300.000. Nada, frente a las grandes erogaciones, robos y despilfarros de los cuales somos testigos todos los días. Si pudimos empezar a soñar con los beneficios que un satélite dará a la salud y la ciencia de nuestro país, es gracias al esfuerzo y tenacidad de estos jóvenes. Llegar aquí costó. ¿Por qué? porque es más importante sobrefacturar cualquier construcción de escuela que se cae, cualquier hospital sin equipamientos y cualquier puente kurusu paño.
La pregunta es ¿adónde hubiésemos llegado si en vez de US$ 300.000 hubiesen sido US$ 2.000.000 los destinados a este proyecto y no a cosas infames como un “puente encaje de oro”, por ejemplo. La respuesta es mucho, pero muchísimo, más lejos.