Las manifestaciones que se dan en estos días por supuesto que son justificadas, es el hartazgo de la ciudadanía ante tanta impunidad e ineptitud para gestionar la crisis sanitaria. La gente salió a las calles, autoconvocada, entre ellos los que aún creen en una Patria nueva; entre ellos, también negacionistas, sectores violentos y los infaltables oportunistas.
Los actos vandálicos, sin entrar en juicios de valor, son un síntoma más de la ausencia e inoperancia del Gobierno. Son tal vez la furia ciega ante la falta de respuestas o por qué no, la acción coordinada de un grupo organizado que busca desacreditar y generar rechazo a las movilizaciones en un país donde la sana costumbre de protestar duerme vergonzosamente acunada por el más rancio prebendarismo.
Los ciudadanos reclaman una mejor gestión en cuanto a la compra de medicamentos y la llegada de vacunas contra el covid 19. Rectificar el rumbo o acelerar las gestiones, en todo caso, lleva su tiempo. Mientras, los contagios se disparan y el pronóstico es aún peor.
Los cambios en el gabinete no auguran mejorías, parecen marineros que toman el timón de un barco que hace aguas por todas partes e intenta estabilizarse en medio de la tormenta.
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Es urgente que tomemos las medidas para frenar la expansión del covid por nuestra propia cuenta. No relajarnos. La corrupción del Gobierno no nos hace inmunes al virus ni debe volcarnos hacia el negacionismo.
La enfermedad existe. Lo saben muy bien las personas que perdieron a sus allegados, los que tuvieron que ingeniarse de mil maneras para solventar los gastos médicos. Aquellos que estuvieron internados y se recuperaron, pero aún sufren las secuelas en sus pulmones y en su economía.
Estemos o no a la deriva, es hora de asumir nuestra responsabilidad como ciudadanos y cuidarnos entre nosotros sin dejar de señalar la ineptitud y la corrupción. Las consecuencias de no hacerlo las sufriremos nosotros. Ellos seguirán protegidos en el poder y aunque lo dejen, ya tienen el futuro asegurado hasta para sus nietos. Esa misma seguridad y protección que ya tenía Mario Abdo, cuando apenas era un niño, e iba a la escuela en vehículos blindados.