Una elección que da la sensación de que hasta ahora solo moviliza a los operadores políticos y a quienes están directamente involucrados en sus candidaturas.
Sin embargo, será una primera y buena oportunidad para evaluar cómo funciona la principal novedad de estas elecciones municipales: el voto preferencial.
Voto que no será otra cosa sino escoger de una lista de concejales, porque los intendentes son candidatos uninominales, a un candidato de preferencia del ciudadano.
Con ello, por ejemplo, el candidato X quien está en el último lugar de la lista de concejales que presenta el movimiento Z en las internas, podrá ser incluso el candidato número 1 de la lista que debe presentar su partido en octubre.
Para ello naturalmente deberá haber recibido la mayor cantidad de votos preferenciales de entre todos los demás candidatos postulados al mismo cargo.
Con anterioridad al sistema de voto preferencial, X nunca hubiese tenido posibilidades siquiera de ser postulado por su partido, salvo quizás casos de listas únicas; y si ello excepcionalmente hubiese ocurrido tampoco habría podido acceder al cargo de concejal, pues para ello hubiese sido necesario que todos los concejales: 9, 12 o 24 en el caso de Asunción, hayan sido electos por la misma lista.
El sistema de voto preferencial claramente entonces limita el poder de los caciques partidarios que ya no pueden establecer un orden inamovible de las candidaturas que avalan para integrar sus movimientos.
Hasta antes de este cambio, si alguien quería apoyar a un candidato medianamente decente dentro de una lista, tenía que necesariamente apoyar primero a todos los que figuraban antes, entre ellos muchos impresentables camuflados en las listas sábanas.
¿Es entonces el sistema de voto preferencial una solución a la mala calidad de la representación?
Claramente creemos que de por sí solo no, como lo venimos sosteniendo desde el debate de esta modificación.
Allí está por ejemplo la histórica elección de malos intendentes, gobernadores o presidentes, todos ellos electos con el voto directo para ocupar cargos uninominales.
O también el hecho de que quien anteriormente hubiese cruzado el voto para castigar una lista con impresentables, esta vez quizás no lo haga, por la sensación de estar apoyando a alguien rescatable dentro de esa lista y la idea de que ese voto servirá para que esa persona ingrese, pudiendo no pasar ello y beneficiar sí a la lista con más lugares a través del sistema D’Hondt.
O la hiperpersonalización de campañas que marca aún más la diferencia entre quienes tienen recursos económicos y quienes no los tienen.
Debe decirse no obstante sobre el punto, que en época de redes sociales e internet se ampliaron las posibilidades de promoción de candidaturas, a través de la creatividad y la participación articulada de equipos de simpatizantes o voluntarios.
Además de que, al tratarse en este caso de elecciones en cada ciudad, tiene un peso, que puede ser más importante en municipios más pequeños, el de la campaña barrio a barrio y los vínculos familiares, sociales o vecinales que se puedan tejer en torno a una candidatura.
Es entonces una buena oportunidad de evaluar, primero en junio y luego en octubre, el funcionamiento de una herramienta que le da más poder al elector y, sobre todo, la posibilidad de premiar o castigar gestiones individuales de quienes buscan la reelección o quienes quieren acceder al cargo.