Cuenta la historia –que siempre se permite ciertos aditivos y licencias literarias- que los vikingos celebraban sus fiestas y victorias guerreras con suculentos banquetes, en los que brindaban bebiendo de cuencos que hacían de los cráneos de sus enemigos, como una muestra de respeto. Algo similar se atribuía a ciertas tribus que practicaban la antropofagia y que, en un enorme gesto de respeto y consideración al enemigo caído, se comían su corazón, para asimilar su coraje y perpetuar su valentía. Y ya en épocas más actuales hasta el presente, los condenados a muerte, en las legislaciones de países que utilizan esta práctica –bastante extremista pero eficaz sin dudas- como medida para ejecutar la pena máxima, tienen derecho a una última comida especial a su elección. Sobre esto último hasta hay chistes, como el condenado a la silla eléctrica que pidió se le prepare una sopa de hongos raros, algunos de ellos venenosos, y que le la tomara su abogado defensor…
Lo que comemos y bebemos alimenta nuestros cuerpos, y también nuestras almas. Y es por eso que asociamos el comer y beber con acontecimientos buenos, alegres, históricos y profanos. Comemos cuando estamos felices y también podemos ahogar las penas en un plato hondo; festividades religiosas y campeonatos de fútbol se celebran comiendo, y en muchas celebraciones de diversa índole el comer –sea por el tipo de comida, cubiertos que se utilicen o lugar en que se coma, o la fusión de todos los anteriores-forma parte integral de las mismas. Hay personas que disfrutan cada comida como si fuera única, hay quienes comen de todo y en cualquier orden, quienes encuentran excusas para brindar por lo que sea y quienes definen un asado en domingo con la familia como el momento más lindo de la vida. La comida nos remonta muchas veces en el tiempo y nos ubica mentalmente a través de las memorias olfativa y gustativa en otros lugares allá lejos: ¿Cómo olvidar la escena de Ratatouille en la que el durísimo e insobornable inspector de Michelin, al saborear el primer bocado, recuerda su casa paterna en la campiña francesa, la voz de su madre, la luz que invadía la cocina, mientras una gruesa lágrima rueda por su mejilla?
“Eres lo que comes” reza un proverbio, y algunos vegetarianos lo usan a su favor como un argumento por demás válido (y sobre todo simpático) en debates sobre sus convicciones. Y no la tienen fácil, menos aún los veganos (que según dijo un cómico son vegetarianos fundamentalistas), en sociedades como la nuestra en que la presencia de carnes sobre la mesa se entiende como fundamental, y como carne se entiende a la carne de bovino, con sangre roja, mientras que el pollo y el pescado son solamente eso, pollo y pescado, tampoco podemos olvidarnos que –todavía por lo menos- los precios nos lo permiten, ya que tenemos la carne vacuna más barata de la región. Pero no todo es negativo, también tenemos que darnos crédito: Los hábitos alimenticios de los paraguayos han variado muchísimo, y para bien. Me decía un amigo extranjero, que volvió al Paraguay después de 12 años de vivir en España, que estaba más que sorprendido por un montón de cambios, entre los que destacaba la cantidad y variedad de restoranes y las opciones gastronómicas tan amplias, “ahora se come mucho mejor” afirmaba.
En lo personal, como que estoy más del lado de la entrañable Julia Child que sentenció “Las personas a las que les encanta comer son siempre las mejores”, y es que no hay lugar más agradable para estar que entre gente a la que le gusta cocinar y comer, porque el ambiente siempre es ameno, la conversación fluye, y el vino armoniza con los aromas y sabores que emanan de las ollas, sartenes, parrillas y hornos, y no nos olvidemos de cuántos amores han nacido o se han consolidado a partir de un buen plato de comida, servido con amor sobre una mesa bien puesta.
“Mantelito blanco, de la humilde mesa, donde compartimos el pan familar”, son coplas de una canción sencilla escrita con mucho amor por Nicanor Molinare Rencoret, y es fácil imaginarlo con los ojos anegados de lágrimas mientras las escribía porque sin duda los recuerdos lo invadían mientras sintetizaba todo lo que representa lo más preciado que podemos tener, como lo es compartir la comida en la mesa en familia, sea ésta pequeña o grande, sean servidos manjares de alto valor o un rico guiso de arroz en su punto, o las milanesas “cascarudas” que recordaba en sus programas radiales el capo Gustavo Köhn; donde importan tanto el qué como el con quién y cómo, pues no hay recuerdos más satisfactorios que esos momentos dorados.
Mi querida abuela materna, a quien adorábamos todos los nietos, tenía varias virtudes: Hacer creer a cada uno que era el preferido (en serio, cada uno por separado estaba seguro de ser Él/LA nieto/a preferido), también sabía enseñar a hablar a los loros como pocas veces he visto, discutir por un tema por horas sin llegar nunca a una conclusión, y en el plano gastronómico bueno, todo lo que hacía era riquísimo. Las manos de una abuela tienen un toque mágico que convierte en fabuloso hasta el sandwichito de pan planco con fiambre parís. Se me grabó en la memoria una larga conversación con esta hermosa señora, que preparaba unas sopas de verdura que eran deliciosas y hacían que uno se apurara en pescar el pedazo más grande de zapallo de la olla, en la que me comentó sobre la forma en que la llamaba su padre, quien, indefectiblemente cada noche, se acercaba a su cama y la besaba en la frente, y recordaba que ese beso que le daba su papá era “más rico que el arroz con leche”.
La comida que tenemos el privilegio de poder ofrecer y servir a nuestros seres queridos, amigos y eventualmente a colegas laborales, dice mucho de lo que sentimos por ellos, y lo van a recordar de esa manera, por eso la importancia de ofrecerla con el cariño y respeto que corresponde.