Homo erectus, el fuego y la comunicación humana

Desde que se instauró el aislamiento como parte del tratamiento preventivo de la pandemia del COVID-19, los seres humanos entramos en una contradicción: somos, como linaje humano, absolutamente seres relacionales y el aislamiento no solo nos problematizó la vida en múltiples áreas como la familiar, conyugal, económica, entre otras, sino que la social fue una de las más afectadas puesto que llevó a empobrecer las relaciones con las personas que normalmente tenemos un contacto afectivo.

Compartimos en comunidad, tenemos vecinos, formamos pareja, construimos una familia, tenemos hijos, cultivamos la amistad, intercambiamos con compañeros de trabajo, todos estos grupos constituyen los indicadores que vivimos en sistemas.

Y es indefectible que, si vivimos en sistemas y en sistemas de sistemas ad infinitum, tal como lo describe Bronfenbrenner, el diseño de los mismos con la propia organización de normas, funciones, dinámica de funcionamiento, se halla inmerso -como las muñecas rusas-, en un sistema inmediato superior. Esta actividad sistémica implica que, como componentes de un sistema, las personas comparten con otros componentes del mismo sistema o de otros sistemas a los que pertenecemos, es decir, otros humanos, y todas las actividades que desarrollamos son, en su mayoría, con otros. Esta posición del ser-con, que recuerda al Mitsein Heiddegeriano, tiene sus antecedentes en los primeros homínidos.

Erectus

Físicamente Homo erectus era parecido a nuestra estirpe Sapiens, aunque era de talla menor con un promedio de 1,60 m. y de estructura osteomuscular mas prominente. Algunos autores describen su rostro con mandíbulas fuertes, poco mentón, frente estrecha, arcos superciliares gruesos y la manera de andar y la prensión de las manos eran similares a las nuestras. Su volumen cerebral rondaba entre 750 a 1400 c.c. por lo que mostraba razonamientos de planificación por ejemplo en salidas de caza, construcción de armas y utensilios, o diseñar su ropa para abrigarse del frío cuando se trasladó de regiones subtropicales a bosques templados y de allí a estepas y praderas templadas.

Para hacer sus vestimentas, principalmente utilizó la piel de los ciervos y las astas y otros huesos para fabricar diferentes herramientas como picos. Utilizó diversos materiales además de huesos, como la madera y la piedra, de la que resultó la herramienta que lo caracterizaba que fue el hacha de mano. También construyó cuchillos y martillos. Erectus era naturalmente un cazador desde bisontes, jabalíes, cebras, ciervos, antílopes, búfalos, rinocerontes hasta elefantes, todos animales en general de gran porte. Pero su alimentación no solamente fue carnívora, sino también consumió futas, granos y semillas, verduras.

Pero fue un paso revolucionario en el desarrollo de su especie, cuando descubrió y a posteriori, aprendió a controlar el fuego, pues incrementó su nivel de adaptabilidad al contexto hasta tal punto que la mayoría de los estudiosos coinciden en que el uso del fuego constituyó la garantía que aseguró la continuidad de su existencia. El fuego le permitió empezar a ejercer cierto dominio en su medio ambiente y con ello transformarlo. Por ejemplo, las cuevas eran lugares acogedores que los animales buscaban para vivir y Erectus no era la excepción. Para pelear para ocupar esos lugares con otros animales, empezó a emplear el fuego como arma para ahuyentarlos y arrebatarles las cuevas. Previo a construir sus casas, tenía un espacio cubierto y protegido para pasar las noches, guarecerse del frío, las heladas y la lluvia. Con solo mantener viva una hoguera en la entrada de la cueva, evitaba el ataque de los animales feroces, como el tigre dientes de sable.

Al calor del fuego y la sociabilidad

El fuego fue uno de los elementos más importantes en términos de sociabilidad. Hace 1.600.000 años que el Homo erectus, entre algunas hipótesis y creencias, fue espectador de como un rayo cayó estrepitosamente sobre unos leños y se produjo el milagro del fuego. Hasta que pudo sistematizar cómo producirlo, el fuego se llevaba mediante antorchas para no perderlo y seguir manteniéndolo vivo. Así , como señalamos, pudo soportar las noches frías y penetrar en las regiones aún en las polares. Las llamas le dieron luz en la noche y le permitieron explorar los lugares recónditos de las cavernas que le daban abrigo. Le permitió producir calor contrarrestando bajas temperaturas, alejar alimañas depredadoras, incrementar el tiempo de vigilia porque la luz permitió alargar el día por sobre la noche, calentar y cocer la carne y otros alimentos, con lo cual el hombre dejó de destrozar con sus terribles caninos la carne cruda y las raíces duras.

Pero el fuego, además, cumplió una función de sociabilización muy importante. Es decir, mas allá de la naturaleza de banda, los Erectus y las próximas generaciones de homínidos, se sentarían alrededor del fuego por las noches y la necesidad de calor y luz acrecentó y permitió sociabilizar: comunicarse con expresiones rudimentarias, tocarse y empezar a “conversar” estructurando los primeros guturalismos.

Cuanta diferencia puede haber, si comparamos imágenes actuales con las imágenes de Neandertales o Sapiens alrededor del fuego, con personas sentadas alrededor de un fogón, cantando con una guitarra, revolviendo el fuego, comiendo algo y conversando. Más allá de contextos culturales y costumbres. Las noches al calor del fuego posibilitaron reuniones, enriqueciéndose la sociabilidad.

En esa vida tan compleja se dio como lógica la evolución del lenguaje, como una forma esencial para establecer y mantener relaciones con otras bandas, intercambiar experiencias de la vida, planificar la caza, mostrar nuevos alimentos. Altamente socializado, el Erectus dio otro paso cultural de singular trascendencia; fue el primero en utilizar un lenguaje articulado. Sus predecesores, como el Homo habilis, debieron haber emitido algunos sonidos para comunicarse, pero habrían utilizado más la gestualidad, y la expresión mediante las manos.

Conjuntamente con el aumento del volumen del cerebro, la creación de la sociedad humana creció mediante la comunicación, y paralelo al incremento de la masa cerebral se produjeron modificaciones en su aparato fonatorio, lo que le permitió articular un lenguaje primitivo, con mucha dificultad. Empezó a crear nombres para los objetos, y multiplicó vocablos para expresar sus ideas. El repetir esta experiencia en procura de mejoras lo tornó más inteligente, y lo puso en camino a evolucionar hacia Homo sapiens.

Sin duda, somos seres sociales. La pandemia nos obligó a la soledad, aunque vivamos en familia, aunque estemos en pareja. Nos obligó a la soledad porque el aislamiento nos dejó solo de otras o de otros y nos puso delante de nuestros ojos la necesidad de estar acompañados, las ganas de un abrazo, la palmada contenedora, el beso afectivo.

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