¡Dime si te desvalorizas y te diré qué haces!

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La desvalorización personal es uno de los sentimientos más comunes en los seres humanos. Pocas son las personas que parten de elogiarse sobre sus habilidades y recursos, no solo porque naturalmente no les sale, sino porque si lo sienten y lo dicen temen de ser acusados de fanfarrones, narcisistas, creídos, etc.

No es normal que nos privilegiemos frente a una determinada decisión, o no se desarrollen acciones con la secreta finalidad de ser queridos o valorados por el otro, una especie de fórmula para lograr la valoración por parte de nuestro entorno. Nos volvemos Ayudadores: Supermanes y mujeres maravillas, ambulancias y bomberos, alumnos perfectos, omnipotentes, etc, son parte de la fauna de desvalorizados célebres que intentan denodadamente encontrar su propia valoración haciendo actos de arrojo hacia los demás, cuestión de recibir la palmada alentadora o que le cuelguen la curcarda del mejor amigo, hija, tía, compañero de trabajo, etc.

Pero los desvalorizados no solo se sienten apocados y opacados, también tienen ideas asociadas con baja autoestima que generan y refuerzan mayores sentimientos de autodesvalor. Por supuesto que unidos pensamientos y sentimientos autodecalificantes no pueden llevar a acciones valorizativas, todo lo contrario, las personas terminan construyendo profecías que se autocumplen, es decir, desarrollando acciones que confirman la desvalorización.

Los cognitivistas han trabajado sobre el territorio de los pensamientos e ideas desvalorizativas, negativas y catastróficas y han discriminado acertadamente lo que dieron en llamar distorsiones cognitivas, que consisten en una serie de pensamientos que irrumpen de manera automatizada en la mente de los desvalorizados que casi siempre refuerzan su percepción pecaminosa de la vida. Estas distorsiones verdaderamente altera la percepción de los hechos para siempre darles una interpretación negativa y pecaminosa. Entendemos que los hechos no son hechos en sí mismos, sino es la adjudicación de significados que le otorgamos, razón por la cual, los desvalorizados depositan este tipo de pensamientos en las diversas experiencias, construyendo un mundo que confirma que su vida es un desastre. De esta autopercepción, podemos observar algunos tipos de desvalorizados:

  • Desvalorizados impotentes: la impotencia confronta a la persona con todas sus imposibilidades y su desvalimiento personal. El protagonista se siente un minusválido entre gente superpoderosa, o un pobrecito en un mundo de ricos, un patito feo entre cisnes hermosos. Se manifiesta en su cuerpo mediante posturas de abatimiento, genuflexión y encorvamiento. Y en su discurso se expresa mediante frases como No puedo / No voy a poder / No soy capaz / Esto no es para mí, es demasiado / No me tendría que haber presentado.
  • Desvalorizados vergonzosos: La timidez y la vergüenza son dos comportamientos que se desencadenan frente a la posibilidad de mostrarse en determinadas situaciones que pueden vivirse como prueba o evaluación, por ejemplo. En general, los desvalorizados con estas características piensan que los otros hacen una evaluación sobre ellas, es decir, en cada situación nueva, desde una entrevista por un puesto laboral (que si bien es una evaluación, se vive con el doble de peso emocional) hasta la llegada a una pequeña fiesta de cumpleaños, el desvalorizado se inhibe y emergen supuestos descalificadores hacia sí mismo. Los supuestos de este tenor son construidos desde lo ideacional y fácilmente se traducen en acciones concretas, confeccionando catastróficas realidades.
  • Desvalorizados dudosos: También pueden aparecer cuestionamientos similares basados en la impotencia pero a través de la duda. La persona se llena de preguntas sobre sí misma que, lejos de valorizarla, la abaten: ¿Podré? / ¿Reuniré los requisitos que piden? / No sé si soy la persona adecuada para hacer esta tarea.../ ¿A quién se le ocurrió que yo debía venir aquí?... Me tendría que haber quedado en casa / ¿Estoy capacitado para estar acá?…
  • Desvalorizados culposos autorreprochantes: Un estilo clásico de manifestarla desvalorización personal son los autorreproches y autoinculpaciones. Por lo general, los desvalorizados son culposos que tienden colocarse como un cubo de basura, donde se expían las lacras y demonios propios y del entorno. Los autorreproches no sólo se expresan en severas autocríticas, sino también mediante rumias mentales que, como pensamientos repetitivos, taladran el cerebro del desvalorizado creando estados de ansiedad y angustia, y agudizando las críticas y reproches culposos, por ejemplo: A mí no me da la cara / La verdad que estuve mal, siempre me equivoco / ¿Cómo voy a presentarme si no doy el perfil? / La culpa es mía, la herí, no le tendría que haber dicho…
  • Desvalorizados telépatas: La telepatía es una de las formas más utilizadas en la desvalorización. La persona desvalorizada tiene la creencia certera de lo que los demás están pensando de él o ella. Cualquier situación puede ser una oportunidad para pensar lo que los otros están pensando del protagonista. La entrada en una fiesta, por ejemplo: Me miran mucho… Seguro que estoy ridícula / Ésos estarán hablando de mí… Sabía que esta chaqueta me iba muy holgada. No son pocos los casos en que el desvalorizado puede sentirse casi paranoico: cualquier cuchicheo o mirada insistente será un indicador de alguna desvalorización hacia él. Este supuesto será una realidad para él y actuará en consecuencia, generando graves problemas en sus relaciones.
  • Desvalorizados burlados: Otros casos muestran a un desvalorizado que cree ser objeto de burla, donde cualquier exaltación o elogio de su persona es tomada como burla o complacencia. Es decir, cualquier interlocución es comparada con el supuesto autodescalificante de la persona, y aquella que no se amolde o coincida es rechazada. De la misma manera que las muchachas anoréxicas, que –a pesar de su delgadez extrema– siempre se ven gordas frente al espejo. Si alguien le llama la atención sobre su belleza o su inteligencia, el desvalorizado piensa que la persona se lo dice para alentarlo, connotarla positivamente, para levantarle la autoestima, etc. En síntesis no le resulta en absoluto creíble.
  • Desvalorizados autoinsultados: Una de las formas prototípicas de los patitos feos y las cenicientas es tratarse como un tonta o discapacitado. Adjudicarse motes que implican deficiencia, ineptitud o inutilidad. Son verdaderos flagelos y maltratos a los que un desvalorizado se somete. Por ejemplo: Soy un tarado / ¿A quién se le ocurre hacer esto? Solamente a un imbécil como yo / Realmente soy un inútil y me merezco lo que me pasa / La verdad es que soy un débil, le tendría que haber dicho...
  • Desvalorizados podríahaberhecho: La expresión podría haber hecho, o sea la utilización del potencial, es común como una forma de autodescalificación y también de autorreproche. Siempre se tiende a marcar lo que falta y no a connotar positivamente lo que se llevó a cabo. Aplicando una escala numérica, si se llegó a 7 puntos, eso no se valora. En cambio se remarcan los tres puntos que faltan para alcanzar el 10, que es el máximo puntaje. Otra de las formas de usar el potencial tiene que ver con el debería. En este tipo de procesamientos se tiende a remarcar cómo debería haber actuado o cómo debería haber sido la situación. Detrás de estas formas de ver las cosas subyace un fuerte nivel de hiperexigencia de lo que debe ser, en detrimento de lo que se siente. Los psicoanalistas describirían un superyó estricto y rígido. Son imperativos que se imponen en la conciencia con los simultáneos reproches y autoinculpaciones. El podría haber hecho, el debería y el podría haber sido y no fue constituyen una tríada basada en el remordimiento y el fracaso. El si hubiese sido es una forma de refugiarse en el pasado, en el afán de remarcar los equívocos o las decisiones fallidas y lo que hubiese sucedido si no se fallaba, cuáles hubiesen sido los resultados. Si hubiese viajado a instalarme en el exterior, ¿ahora dónde estaría? / No me tendría que haber casado tan joven, ahora no le daría explicaciones a nadie / Si hubiésemos probado con ese médico, papá no hubiese fallecido.
  • Desvalorizados premonitores: En la predicción del futuro, la persona tiene una gran habilidad para adivinar lo que le va a suceder. Es una visión pesimista y negativa sobre situaciones inminentes o relacionadas con la concreción de proyectos. Se puede pensar que fallará en su próxima entrevista, que no podrá rendir bien el examen o que su matrimonio será un fracaso. Cualquier situación venidera es una oportunidad para interpretarla catastróficamente.
  • Desvalorizados ayudadores: son los desvalorizados cuya fantasía es que si hacen cosas para complacer a los otros, para proporcionarles lo que necesitan, van a lograr obtener valoración. Se vuelven dependientes de los otros creando vínculos servilistas hacia los demás. Esta asimetría por debajo en las relaciones, los terminan convirtiendo en personas ultradependientes y terminan siendo manipulados por los otros.
  • Desvalorizados regaladores: son los desvalorizados que tienden a regalar objetos materiales como forma de obtención de valoración. O sea, son personas que regalan desde dinero, ropa, objetos, joyas hasta electrodomésticos y departamentos, como una forma de manifestar el cariño hacia el otro, pero con la secreta expectativa de recibir aprobación de los destinatarios. En general, muchas de estas personas poseen dificultades en expresar sus afectos y emociones de manera llana y directa, utilizando el ¡Te quiero!, o abrazando. En cambio, estas Cenicientas prestan dinero a aquellos que necesitan completar el total para su auto, o tienen una conexión con algún agente de crédito en el banco para acelerar un préstamo, o aparecen de sorpresa con el electrodoméstico que precisaba el interlocutor en la inauguración de su departamento.

La pregunta que surge ahora es, si después de leer algunas de estas características, ¿te identificas con algunas de estas tipologías?