El “mechacortismo”
Cabrones, calentones, furiosos, encolerizados, enojosos, intemperantes, explosivos, agresivos, violentos, son parte de la fauna del síndrome de la mecha corta que no es más ni menos que la ira. Son los que tienen algunas frases prototípicas como: ¡Siempre se la toman conmigo!, Quien se cree que es este estúpido, Esto es intolerable, Como me van a tratar de esa forma, Como se atreven a hablarme así, Pero, ¡la vida me pone siempre trabas!, ¿No hay nada que me sea fácil? etc., expresiones que alimentan la bronca y arman una escalada, muchas veces hacia la violencia.
La furia surge principalmente en situaciones problemáticas, ante las injusticias, en respuesta a la agresión, de cara a dificultades. Aunque el calentón no necesita demasiados motivos para escalar en bronca y rabia. La descarga de ira puede ser colocada en el entorno mediante explosiones conductuales hacia otros, agresiones verbales o violencia física. O implosividad, hacia sí mismo, mediante colocar la rabia en el propio cuerpo generando múltiples enfermedades.
Es una emoción que produce diferentes efectos fisiológicos como el aumento de la frecuencia cardíaca y la presión sanguínea, activando el eje hipotálamo-hipofiso-adrenal e incrementando la secreción de adrenalina y noradrenalina. Además, fracasa el control que debe hacer el área prefrontal de nuestro cerebro, que es la que se encarga del manejo de los impulsos, la pauta moral y la regla de cómo se debe proceder. La explosividad de la ira se caracteriza por una activación fisiológica donde el cuerpo reacciona para la defensa o el ataque. La persona se transforma en un Bárbaro a punto de contienda con el ejercito Romano: los músculos se tensionan, las narinas se abren en búsqueda de más oxígeno, el ritmo cardiaco aumenta la frecuencia al igual que la respiración, el flujo de sangre se dispara y hasta se muestran los dientes resaltando los caninos y apretando las mandíbulas. Además, en el enojo, el cuerpo libera colesterol y catecolaminas que aceleran el desarrollo de depósito de grasa en el corazón y las arterias.
La ira hiere, porque la persona explosiva ataca frente a la supuesta agresión del otro hacia él. Es decir, la respuesta depende de la manera de interpretar la situación. Atrás de cada calentón hay una especie de paranoico que piensa que se complotan contra él, que lo descalifican o desvalorizan. Las interpretaciones siempre rondan en ese tenor interpretativo. Frente a esa imagen de energúmeno hay un patito feo que necesita reconocimiento. Por tales razones, los “mechacorta” no necesitan únicamente interlocutores que los contrapunteen para que ellos inicien la trepada hacia el estallido. Ellos solos pueden darse los motivos para hacer la escalada de la ira. Alguien que trata de arreglar un artefacto y se le pierde el tornillito que justo tiene la medida para darle el toque final, o que usó un cuchillo como destornillador y se cortó, o se martilló un dedo en una distracción, pueden ser motivos para encender la mecha y estar varios minutos sintiendo que el mundo se ha complotado en su contra. Por supuesto que no son pocas las oportunidades en que el enojón termina pateando, aplastando o revoleando el artefacto, para tiempo después arrepentirse de su acto asesino.
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Pero la ira no necesariamente termina en un ataque de violencia. Esta es solo una de las posibilidades dentro de tantas formas en la que puede terminar una escalada de ira. Hay tres formas básicas de mechacortistas: un grupo se caracteriza por explotar, es decir, descargar el ataque de bronca hacia el exterior; el segundo grupo se caracteriza por implotar, o sea, descargar la ira hacia sí mismo generando diferentes afecciones orgánicas desde trastornos psicosomáticos como dermatitis, úlceras, hemorroides y diversos trastornos gastrointestinales, etc. hasta procesos de mayor gravedad. Hay un tercer grupo que tiene la energía suficiente para desarrollar el doble juego de explotar e implotar: este grupo no solo tira la granada hacia el exterior sino también se la traga. Este es un grupo de extrema gravedad porque no solo mantiene relaciones hostiles con el entorno, sino también se auto-produce enfermedades.
Rasgos prototípicos del síndrome de la “mechacorta”
Son aquellos que suelen hacer chistes a los demás, pero cuando ellos reciben o son blanco de las bromas de los otros hacia ellos, se enojan rápidamente. No lo toleran, pero como la gente los conoce, en general se complotan contra ellos para que levante presión rápidamente.
Por otra parte, como tienen fama de calentones y que escalan con facilidad, la gente de su entorno que los conoce termina teniendo miedo a sus reacciones y se vuelven hiper-cuidadosos y medidos en las actitudes para no desencadenar los estallidos catastróficos. También los enojosos se caracterizan por nunca asumir la culpa ni la responsabilidad de los hechos, siempre la culpa la depositan en el afuera imputando al entorno la responsabilidad de sus explosividades.
Se caracterizan, además, por ser impacientes que les cuesta esperar. Cuando las cosas no se producen rápidamente, la espera le da tiempo para procrear ideas auto-desvalorizantes, como sentirse postergado, no respetado, como un ataque hacia su persona y así, inexorablemente, construye la escalada hacia la explosión. Este cuadro se letaliza cuando le sumamos la intolerancia. La intolerancia es la incapacidad de soportar opiniones diferentes. Es sinónimo de testarudez, intransigencia y obstinación, hacia las personas que pueden tener ideas diferentes por ejemplo, en la política, religioso, sexual, racial, etc.
La ecuación mechacortista es: ira+impaciencia+intolerancia: explosión. Pero no se trata de ser un maestro zen, ni tampoco estar serotoninérgico siempre, ni estar permanentemente realizando ejercicios de respiración autorelajantes estilo Rabi Shankar. La gente se encoleriza, se enoja, no tolera, es impaciente: este proceso si se da de una manera esporádica, forma parte de la coreografía actitudinal de todas las personas, el problema es cuando es un comportamiento absolutamente sistematizado en la vida de las personas. Este cuadro determina tal nivel de estrés por explosividad que daña psicológica, emocional y orgánicamente a la persona.
Una emoción que surge después de la explosividad del mechacortista, es el arrepentimiento. Los calentones sienten que no pueden controlarse en su arranque de de enojo y después de producirse el estallido en donde ha vociferado inconteniblemente algunos improperios hacia su entorno y ha bastardeado a su interlocutor, se sienten culpables. Pasado ese momento álgido puede arrepentirse, entonces desarrollará con algunas conductas reparatorias como pedir explícitas disculpas o tener una actitud o un gesto que complazca al receptor de su bronca. La culpa y la vergüenza y el consecuente arrepentimiento son parte del cierre de los estallidos.
La ira no es un rasgo de personalidad sino es un estado emocional. Claro que es un estado que se puede sistematizar en la vida de la persona, pero es importante trabajarlo terapéuticamente para rectificarlo.
6 sugerencias para resolver el “mechacortismo”
- Preguntarse, ¿Porque estoy enojado?, ¿Qué es lo que me hace calentar? Esto ya implica un factor de freno por sobre la escalada. ¡Y a no hacer trampa colocando la culpa en el otro!, es un ejercicio auto-reflexivo de asumir la propia responsabilidad.
- El otro no me desvaloriza porque opina diferente a mi. El hecho que el otro piense diferente no significa que esté insultando mi inteligencia o tratándome de estúpido porque pienso de otra manera.
- Dar vuelta manzana o salir del cuadro. Es importante cuando se detecte la escalada, salir del campo minado y dar una vuelta manzana para tomar aire y refrescar las ideas. Otra forma es cambiar de habitación o darse una ducha. La cuestión es lograr cortar la escalada y para esto es importante salir del entuerto comunicacional cambiando de ambiente.
- Ponerse en el lugar del otro. Incrementar la empatía es logra entender al otro y darle un mínimo de crédito a sus pensamientos. Hay que repetirse el otro puede pensar diferente que yo.
- Hacer deporte también es una forma de canalizar saludablemente toda esa energía que se descarga en la ira. El deporte es una actividad saludable que además de los beneficios tradicionales cardio-respiratorios y musculares, activas las endorfinas, nuestras morfinas internas, mejorando el humor.