Un dato no menor es que pese a la existencia de corruptos de pura cepa en otros países alrededor de Paraguay, ninguno de ellos fue individualizado nunca por USA, como lo hizo con nosotros.
Cartes, evidentemente, no es confiable para la política norteamericana en la región. Y no es porque sea un gran estratega, mucho menos un revolucionario. En realidad, es un peligro. Si lo dejaran continuar como hasta ahora, puede derivar en la instalación de un populismo de derecha impredecible y difícil de manejar que requerirá en algún momento cirugía mayor.
El Departamento de Estado ya le paró el carro a HC en 2017, cuando prácticamente ordenó dejar sin efecto el intento de reelección vía enmienda constitucional. Lo hizo con un comunicado y también a través, entre otros, de Hugo Velázquez, entonces presidente de la Cámara de Diputados.
El líder de Honor Colorado demostró cuán peligroso es justamente el funesto 31 de marzo de 2017, cuando no tuvo reparos en aliarse con sus peores enemigos, el Frente Guasu, para intentar la enmienda. La locura que desataron aquella noche las fuerzas de seguridad comandadas aparentemente por sus lugartenientes José Ortiz y Luis Canillas y que incluyó el asesinato a sangre fría del joven Rodrigo Quintana fue una muestra de la falta de límites en su ambición de poder.
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A Cartes no le importó esa vez y siguió con su intento de copamiento del poder, postulando a un títere para la presidencia 2018-2023. La derrota tampoco lo detuvo y su plan continuó y continúa hasta ahora, con más fuerza.
Ante la inutilidad, complicidad y/o falta de voluntad de la Fiscalía y la Justicia paraguaya para detener al empresario tabacalero, el Departamento de Estado entró de nuevo en acción ahora y todo parece indicar que vendrán otras medidas para asegurarse de sacar del escenario político a alguien que no entiende los mensajes que se le dan.
Que una potencia extranjera intervenga tan descaradamente en tu país no da para festejar y tirar bombas “tres por tres” hacia arriba.
Pero Paraguay ha dado varias muestras de su incapacidad para construir institucionalidad perdurable y confiable, desde la caída de la dictadura en 1989. Nuestras autoridades se han dedicado, desde la fundación de los partidos tradicionales o desde antes quizás, a gobernar en beneficio, personal, familiar y del “clan” al que pertenecen. El país queda siempre en último lugar. En realidad, no aparece casi nunca como una prioridad.
Es paradójico que ahora, cuando se está discutiendo en la Cámara de Diputados el juicio político a la fiscala general, Sandra Quiñónez, quienes hablan de soberanía e independencia del Paraguay son los más entusiastas cultores de la conducta política tribal, de la lógica de “quien no está conmigo es mi enemigo”.
Alguna vez, ojalá, el Paraguay será libre e independiente, cuando nos demos cuenta que el no funcionamiento de las instituciones, en realidad, nos perjudica a todos y que jodernos entre nosotros cuando tenemos poder solamente le sirve a quienes intervienen para tratarnos como cabezudos a los que deben poner correctivos cada tanto.