Dime de qué presumes

El ex canciller alemán Helmut Kohl, fallecido ya hace unos años, ocupó la Cancillería del país europeo entre 1.982 y 1.998, siendo electo 4 veces consecutivas y perdiendo en la quinta (donde le ganó nada menos que Angela Merkel). Fue siempre respetado e incluso apreciado por sus conciudadanos y hasta sus adversarios políticos, por sus muchas cualidades que incluían la persistencia que rayaba la terquedad, la disciplina que impuso a su partido -la Unión Demócrata Cristiana- que gobernaba como si fuera suyo y, sobre todo, a pesar de definirse a sí mismo como “un elefante en una tienda de porcelanas”, su personalidad imponente pero jovial.

De este gigante de 1,93 metros y más de 130 kilos, de activa participación en la caída del muro de Berlín, la reunificación alemana y también de los primeros y decisivos pasos para la creación de la Unión Europea, el expresidente norteamericano Bill Clinton habría de escribir en sus memorias de 2004: “Más allá de su tamaño físico, fue la figura política más grande del continente europeo en décadas”.

Al final de la Segunda Guerra Mundial, en la que participó con apenas 15 años y siendo miembro de las Juventudes Hitlerianas donde cumplió tareas como la de recoger cadáveres de los campos de batalla, decidió muy pronto dedicarse a la política, a lo que se abocó con mucha pasión y compromiso, adquiriendo en el transcurso de los años mucha experiencia en políticas públicas y a manejar sus transversalidades con mano maestra, características que le permitirían destacarse primero en Alemania y luego en toda Europa. Aun así, nunca perdió su natural sencillez y cercanía con la gente, y son varias las anécdotas relacionadas a su costumbre de presentarse sin previo aviso a las puertas de un hogar alemán de clase trabajadora, para ser recibido por la familia e invitado a pasar e incluso almorzar, en donde se generaban interesantes conversaciones en las que oía y sentía el pulso del pueblo alemán.

También era poseedor de un humor llano y sencillo y es así que, al ser preguntado sobre algún logro en particular que lo enorgullecía, respondía que el haber conquistado el corazón de amada esposa Hannelore, para lo cual se valió, seguramente entre otras formas de demostrar sus sentimientos, de cruzar a nado el río Rin con una mano atada. Lo que se dice, un varón decidido.

Admirando la sencillez de este gran señor, a quien se atribuye en gran parte el mérito de la reunificación de todo un pueblo, no podemos evitar hacer ciertas comparaciones con los que nos gobiernan o quieren gobernar (sí, las comparaciones, siempre las odiosas comparaciones). Mientras aquél unía a un pueblo, aquí los líderes políticos están más preocupados en dividir a los ciudadanos, provocando el debilitamiento de la sociedad. Mientras el teutón se peleaba en la arena política con sus pares europeos buscando el bienestar de toda la región, aquí llevamos adelante una política entreguista de nuestra soberanía energética. Son luego nomás odiosas las comparaciones.

En algún estado de siesta mental, un candidato local de tamaño similar al de Kohl (se aclara que solamente en lo físico), despotricaba hace pocos días contra el gobierno actual criticando duramente su inoperancia en las áreas de educación y salud. Pareciera que se olvidó que él también forma parte de ese gobierno, y que –en el caso de ganar- llevando a la cancha a los mismos actores no va a tener resultados diferentes, y para comprobar esto último basta con observar a quienes lo acompañan en los actos proselitistas.

En algún momento, al ex canciller alemán unos detractores le arrojaron huevos, e hicieron falta varios guardaespaldas… para contenerlo, ya que quiso medirse con aquéllos a los puños. Mientras tanto, nuestro candidato de hablar comedido y pausado nos ofendió a todos cuando, preguntado sobre la sobrefacturación de una pasarela que nadie usa, se limitó a decir que “estamos trabajando arduamente en los intereses del país. Les deseo a todos mucha paz y buen descanso”. Una respuesta evasiva educada, sigue siendo una respuesta evasiva, y la bendita pasarela sigue siendo un pique en el pie de los paraguayos, mientras que a él le impide realizar los paseos por el Parque Guazú que hacía antes, por temor a que lo escrachen.

No existe una enseñanza mejor que el ejemplo, y un solo acto nos dice más de una persona que mil palabras. De esta forma, cuando escuchamos a este señor hablar de lo que se va a hacer –como lo hicieron ya tantos otros- pero sin explicar cómo, y también ponerse por encima de sus adversarios echando por tierra todos sus logros como principal recurso –nuevamente nada creativo- nos viene a la mente aquél refrán español “Dime de qué presumes y te diré de qué careces”, tan propio de aquellos que se atribuyen virtudes, pero dan al mismo tiempo señales que contradicen lo que pregonan.

Mientras tanto, si este señor continúa como lo hace siguiendo un libreto perimido y que no le calza, las encuestas seguirán ubicándolo en el lugar en que está y se merece. Quizás le falte sentarse a la mesa de la gente y escuchar con atención una opinión distinta a la suya, o también enfrentar las preguntas incómodas sin eludirlas con subterfugios más propios de un periodista novato, y no olvidar en ningún momento que, dada su trayectoria y condición de hombre conocedor de los mandamientos, las expectativas en torno a él son altas, y hasta el momento, a pesar de sus casi 2 metros, no da la talla.

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