¿Por qué cosas votan los estadounidenses?

¿Votan por temas económicos? “Es la economía, estúpido”, dijo James Carville en 1992, un agudo asesor demócrata, mientras dirigía exitosamente la campaña de Bill Clinton.

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Ahora hubiera dicho “es la cultura, estúpido”, para satisfacer el apetito que tiene la sociedad estadounidense por temas que antes eran la quinta rueda del coche: el aborto, el matrimonio gay, la identidad de género, que abarca el baño o inodoro que se utilice, y un largo etcétera.

Los republicanos hablan de una catástrofe inminente. Y dicen, sin otra prueba que la edad, que el señor Joe Biden está senil a sus ochenta años. Aunque solamente le lleve treinta meses a Donald Trump. Por ese camino, si los datos no mienten, los republicanos volverían a perder las elecciones generales. A los jóvenes no les asusta la provecta edad de Biden.

Votan masivamente por los demócratas. Es la franja de más de 55 años la que está preocupada por el alzhéimer. Tengo casi ochenta años y me parece perfectamente legítimo estar preocupado. Francamente, resulta un disparate que Estados Unidos, con mucho, la primera potencia del planeta, ate su destino más conveniente a estos dos ancianos.

Al margen de la visión “cultural”, si hay un aspecto que puede arrebatarle la presidencia de los Estados Unidos a los demócratas es el tema de la inflación. Vuelve a hablarse de la República de Weimar, aquella república democrática que comenzó tras la disolución del Imperio Alemán y que terminó en 1933 con la ascensión de los nazis al poder, por culpa del recuerdo de la inflación padecida por los alemanes, y por las condiciones que impusieron los vencedores.

Es para asustarse. Un billete del metro, que en marzo de 1918 valía 0.10 centésimos de marco, en 1921 llegó a costar 150 millones de marcos. Pero el peor ejemplo fue el húngaro en 1946. Los húngaros llegaron a cobrar dos veces al día (los que tuvieron la suerte de tener patrones responsables). La paga de la tarde solía ser el doble de la mañana. Se imprimieron billetes con trillones. Pero el ejemplo más grave contemporáneo es el que no sufrió agresión alguna, como es el caso de Venezuela con Hugo Chávez, su tirano difunto (murió, aparentemente, el 5 de marzo de 2013, el mismo día que Stalin, pero 60 años más tarde), y su heredero al trono, el nuevo tirano, Nicolás Maduro, gobierna desde entonces. Entre ambos lograron el contramilagro de desatar en el país en 2018 una hiperinflación de un millón y medio %). La más alta conseguida en tiempos de paz. Se robaron miles de millones de dólares. Todo un récord.

Free to Choose de Milton y Rose Friedman tiene la respuesta al tema de la inflación. Comienzan por alegar lo siguiente: a lo largo de las centurias diversos grupos humanos han utilizado como si fuera dinero los más peregrinos objetos. Estatuillas de cocodrilos, calabazas, hojas o yerba de fumar. Incluso, los mozos solteros de los Estados en que se producía tabaco podían contratar una “novia” mediante hojas de tabaco que se utilizaban para pagar la dote.

Lo pueden ver en YouTube. Milton Friedman fue elegido como Premio Nobel de Economía en 1976. Friedman era un tipo feroz defendiendo sus puntos de vista. Al mismo tiempo, era generoso con otros economistas. Por ejemplo, con Ludwig Erhard, el Ministro de Economía de la Alemania que se estaba reconstruyendo siguiendo de cerca el modelo preconizado por Erhard de “Economía social de mercado”, hasta crear la primera economía de Europa. Lo llaman “el milagro alemán”, pero no hay nada extraordinario en ese milagro. Puro sentido común: libertad para producir y disfrutar los beneficios.

La revolución se hizo en silencio, un domingo por la noche de 1948. Exactamente el 20 de junio de 1948. Al día siguiente se anuló el Reichsmark y fue sustituido por el Deutsche Mark. Cada alemán recibiría 60 DM y a cada empresa le dan exactamente 60 DM por empleado.

Así comenzó la revolución alemana. Los acaparadores de monedas, generalmente personas al margen de la ley, tuvieron que trabajar. Se acabó el contrabando y el robo. Se terminaron los controles de precios y salarios. Pronto, en días, la demanda fue mayor que la oferta y tuvo sentido trabajar para satisfacer las necesidades de una población hambreada y ocupada. A Erhard le comunicaron, solemnemente, que no habría cajas para enterrar a la población que moriría. Preguntó si él era responsable de tomar sus propias decisiones. Le dijeron que sí. “En ese caso todos ustedes están cesanteados”. Pronto “exportamos cajas de muertos”, dijo socarronamente en sus memorias. Las reglas no escritas del capitalismo funcionaron.

Si hay algo en Economía que se conoce bien es el control de la inflación. Hay, según Friedman, que detener la máquina de imprimir moneda, y sólo volverla a dejar que funcione cuando aumente la producción de bienes y servicios y en la misma proporción de ese aumento.

Afortunadamente, USA está muy lejos de utilizar los consejos de Friedman, y no porque los encuentre desacertados, sino porque no le hace falta. Cuando la Reserva Federal agregó un cuarto de punto a los intereses que pagaban por su deuda soberana, se llenó de divisas extranjeras. Total: la inflación prevista para el 2023 es apenas un 3%. La situación es mucho mejor de lo que los agoreros de siempre vaticinaban. Si no, pregúntenle a Kristalina Georgieva, Gerente del Fondo Monetario Internacional. [©FIRMAS PRESS]

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