En el Chaco, sin bicicleta, moto o vehículo propio es prácticamente imposible llevar una vida normal, las distancias son kilométricas y andar a pie es inviable. Esa limitación significa que a la hora de trasladarse a la capital del país, uno deba valerse de los buses de larga distancia (si se quiere evitar manejar o ahorrar un poco) y es allí en donde, valerse de ese medio, es una ruleta.
Nunca se sabe si el bus tendrá aire acondicionado, si un sujeto en estado etílico será el acompañante o si el pasillo del bus estará repleto de infortunados que no consiguieron un asiento. Está tan normalizado viajar “como sea” porque es el Chaco, que exigir de las empresas locales un trato digno y un servicio de calidad hasta parece un improperio.
Lo peor es que los usuarios pagan por eso. Pagan para tener una experiencia inolvidable y no en el buen sentido. Las excusas para no prestar un servicio de calidad se vuelven inválidas ante la inversión estatal en la reparación de caminos como la ruta Transchaco, la cual era una colección de baches y hoy día es altamente transitable, demostrando que sí se pueden traer buses nuevos.
Por otra parte, Chaco adentro es otra historia. Los caminos de terraplén no permiten tal innovación y es común ver en las redes sociales las imágenes de buses atascados en los talcales o en el barro, siendo empujados muchas veces por los propios pasajeros. En ese caso, la desidia obliga a esa situación que es tan común que lo raro es llegar a destino sin una anécdota que contar.
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No hay que olvidar que cuando nos referimos al Chaco, hablamos de gente que lo deja todo en la cancha, que moja la camiseta y que paga altísimos impuestos sin mayor retribución, en una zona en la que vivir es solo para valientes.
El desarrollo, tan anhelado en el Chaco, se debe acompañar con un servicio de calidad para todos los usuarios que comprenden un amplio mosaico de culturas, las cuales todas coinciden en que el servicio debe estar a la altura del costo, que escala cada año, aunque no existan mejoras.
Los chaqueños no deben ser tratados como ganado solo por querer o tener que viajar. La dignidad se aplica también a esos aspectos, aunque el Estado cierre sus ojos a las maniobras gananciosas de los empresarios del transporte y sigan exprimiendo a los pasajeros.