En contraste con el idealismo filosófico de la generación anterior, la Realpolitik expresaba una visión del poder como elemento central de la política, “no sólo como un móvil constante de los actores, sino como la condición indispensable para lograr cualquier objetivo político. Este término fue asimilado por la política pragmática del canciller Otto von Bismarck, identificado como el fundador del Estado alemán, y como uno de los responsables de la relativa estabilidad europea durante la segunda mitad del siglo XIX”. Estoy citando a un especialista: Ernesto Cabrera García.
El concepto realpolitik emergió para denotar una política sustentada en el conocimiento de las circunstancias y en el cálculo estratégico de las acciones por lo que históricamente encarnó una posición antagónica del liberalismo, aunque –se sabe- ésta fue formulada por un ideólogo liberal.
La captura del presidente (ilegítimo o legítimo) de otro Estado por orden del presidente de Estados Unidos de Norteamérica, Donald Trump se circunscribe a los lineamientos de la realpolítik, lo contrario de las garantías que establecen los tratados internacionales para proteger a los Estados de otros Estados más fuertes. Estos tratados fueron acordados básicamente bajo el influjo de doctrinas y principios liberales.
Qué paradójico!, verdad?. Ayer: Una doctrina contraria a los principios constitucionales formulada por un ideólogo liberal que sirvió por mucho tiempo para el equilibrio en las relaciones internacionales. Hoy: una intervención extranjera criticada con argumentos liberales por actores antiliberales, de nuestro país y del exterior.
Todos los beneficios, en un solo lugar Descubrí donde te conviene comprar hoy
Cuando ocurren estas cosas, me inclino a pensar que nuestras posturas de reacción son más ajustadas a nuestras ideologías que a los principios que decimos defender, como por ejemplo la no intervención extranjera en asuntos internos de los países. Generalmente, personas que actúan así, ven solo lo malo que pasa con Venezuela, pero no lo que pasa en Ucrania, por ejemplo.
En 1989, ni los colorados se atrevieron a defender a Stroessner cuando fue objeto de un golpe de Estado, y todos éramos defensores de los principios democráticos que repudian los golpes de estado. Sin embargo, el 3 de febrero de ese año fue uno de los días más felices de haber destruido un gobierno “surgido de la voluntad popular con más del ochenta por ciento de los votos”.
Tal vez el caso Maduro-Trump se trate solo de eso. De ponernos en los pantalones y polleras de los venezolanos de afuera y adentro, para sentir en la práctica real, de no poder contra un régimen de fuerza que se afianza sobre la falacia para engañar a la comunidad internacional, tal como ocurrió con nosotros durante los 35 años de dictadura stronista.