Quizás para este gobierno sea un hecho aislado. Es que este gobierno impávido ante la desgracia humana solo sirve para llenarse, en particular el que ejerce el rol de Presidente de la República ,la boca hablando de “solidez”, “crecimiento”, “confianza” e “inversiones, grados de inversión”. Ahora bien ¿de qué sirve atraer capitales si no podes garantizar lo más básico: que un niño coma y viva o porque es indígena y tienen los indígenas su propia cultura aquel no tiene los mismos derechos que todos los niños de este país? El gobierno, quienes lo administran, debería saber que la macroeconomía no se come.
Cuando un niño muere por hambre, no fracasó “la familia” solamente: fracasó la autoridad pública que presume gestión. Es la radiografía de un Estado que llega tarde o no llega a los más vulnerables.
Cuando la muerte de un niño por hambre ocurre, lo que queda expuesto es una cadena de omisiones públicas: salud primaria ausente, nula protección social y prioridades políticas enfocadas en la vitrina antes que en el suelo.
El gobierno promociona programas contra el hambre (como Hambre Cero en el sistema educativo), pero la muerte de esta niña indígena desnuda que no alcanza con políticas para escolares si la primera infancia y las comunidades más aisladas quedan fuera como de hecho ha acontecido y este fracaso no se tapa con discursos.
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Por eso indigna —y duele— el contraste: mientras el gobierno habla de logros, programas, cifras, grados de inversión o el Presidente se las pasa de viaje en viaje que cuesta millones al erario público sin resultados para el país, vemos a sus máximas autoridades, como al mismísimo Presidente, listísimas para el acto, la foto y la inauguración, con discursos emotivos en edificios nuevos; pero la realidad golpea con hambre y muerte, percibiéndose frialdad, silencio o una reacción burocrática, si llega haber reacción. Pero el gobierno se emociona ante una cinta para cortar, pero no se conmueve —de manera visible y efectiva— ante una niña muerta de hambre, perdiendo autoridad moral, que de hecho poca la tiene, para hablar de progreso.
El progreso real no se mide en edificios ni en eslóganes: se mide en si la última comunidad, la más aislada, la más pobre, tiene lo mínimo para vivir. Si no lo tiene, la “gestión” se vuelve marketing, y el marketing, frente a un ataúd pequeño, se vuelve una falta de respeto.
El Ministerio Publico no está lejos de esta crítica. Anunció la apertura de una causa penal por violación del deber de cuidado a los padres de la niña muerta de hambre o sea elige el camino más cómodo: procesar a los padres miserables y presentar “acción”, trasladando la culpa hacia las víctimas, invisibilizando la raíz estructural: la exclusión histórica de los pueblos originarios y la indiferencia del poder político , el verdadero responsable estructural quedando intacto lo que constituye un acto de injusticia institucional y de desvío de responsabilidad estatal. Pretender que la tragedia del hambre se reduzca a una supuesta “violación del deber de cuidado” es una aberración jurídica y ética. El hambre no es un delito doméstico, es una tragedia social. Esta niña, un numero quizás para el gobierno, no murió porque sus padres omitieran cuidados básicos, sino porque el Estado, el gobierno, les negó acceso a alimentación, salud y dignidad priorizando adjudicaciones, negociados con amigos y viajes sin resultados para el país.
En un país donde una niña muere por desnutrición prolongada, culpar solo al hambriento es criminalizar la pobreza. La miseria no se crea en una casa: se construye con abandono estatal, con salud y asistencia social ausentes, y territorio olvidado. Investigar a la familia puede corresponder, pero hacerlo como respuesta principal es una coartada: se castiga el último eslabón para no tocar al poder. La Fiscalía, en lugar de investigar la cadena de omisiones institucionales, fallas de programas y funcionarios que no actuaron se ensaña contra quienes ya sufren la marginación.
Morirse de hambre no es una omisión del deber de cuidar, es el resultado de un Estado ausente, de un presidente indiferente y de instituciones que prefieren castigar a los pobres antes que cuestionar al poder. Esta niña murió víctima de una violencia estructural. El hambre es consecuencia de la negligencia estatal, de la exclusión social y de la indiferencia política.
aamonta@gmail.com