El curling. Ese deporte en el que parece que estás fregando el piso compulsivamente y que, a decir verdad, no entendemos muy bien cómo “se juega”, pero nos encanta.
Y cuando hablo en primera persona del plural me refiero a las redes. Las redes sociales parecen adorar el curling; al menos es lo que a mí me aparece en mi momento de escrolleo infinito por las noches cuando me quiero relajar.
¿Por qué nos gusta el curling? Si me pongo a profundizar parece lógico: se ve sencillo, doméstico. No parece un desafío a la muerte. Se ve como algo que podemos hacer y eso nos reconforta, nos hace soñar por un rato que cada día cuando barremos el piso de casa estamos haciendo algo importante, aunque no sea sobre hielo, ni con cámaras, ni nos den una medalla por eso. Nos hace alucinar con un universo en el que podemos recibir premios por la cotidianidad.
Tal vez nos atrae porque no parece exigir esa épica del esfuerzo que todo lo demás exhibe. En tiempos de atención fragmentada, lo que no intimida resulta más amable.
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Lo peor es que el curling es una prueba que en verdad requiere muchísima preparación, concentración, precisión. Bueno, por algo es un deporte olímpico.
Solo que ante toda la espectacularidad de los saltos en la montaña, las acrobacias de patinaje sobre hielo o las carreras frenéticas del luge —que parecen todas malas ideas para cualquiera que no lleve años haciéndolo— el curling no se ve drástico, no se ve dramático. Hay reels, hay memes de personas imitando esta prueba en casa con la aspiradora robot en funcionamiento y una barrida bien rítmica detrás. Y no hay reels de personas saltando desde una montaña y girando en el aire solo para crear un contenido gracioso.
¿Es menospreciar algo solo porque no hay riesgo de romperse una pierna? No hace tanto que estuvimos pendientes de un hombre escalando un edificio sin arnés, con transmisión en vivo y récord de espectadores. ¿Por qué nos fascina? ¿Porque le puede pasar algo y verlo en tiempo real nos genera una adrenalina impresionante y adictiva?
Antes corríamos de los mamuts, pero hoy la adrenalina ya no cumple una función de supervivencia, sino una experiencial, de intensidad, descarga, sensación de estar vivo. No miramos solo la destreza, miramos la posibilidad del accidente.
Quizás que nos guste el curling diga algo distinto. Que también hay valor en lo que no amenaza. Que en medio del vértigo permanente, hay algo profundamente reconfortante incluso si se hace bajo techo, en un silencio conocido.