El acontecimiento está relatado en tres puntos: Él llevó a algunos apóstoles al monte Tabor y se transfiguró delante de ellos; aparecen Moisés y Elías conversando con Él, y principalmente, se oye desde la nube la voz del Padre que afirma: “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo”.
Al final, el Señor recomienda que los apóstoles no digan nada sobre lo ocurrido, hasta que él resucite de entre los muertos.
Nosotros ya podemos quitar una enseñanza concreta: muchas veces, antes de que nos pasara algo doloroso o incomprensible, Dios ya nos habrá prevenido, fortalecido y enviado sus bendiciones.
Además, podemos entender la transfiguración como si Dios “abriera un agujerito” en el cielo y nos permitiera ver lo que hay allá. Así encontramos a Moisés y Elías, que representan a todas las personas que buscaron a Dios y trataron de hacer el bien; está presente Jesús con el rostro resplandeciente, y nos brota la expresión extasiada: “Señor, ¡qué hermoso es estar aquí!”.
A veces, nos sentimos sin ganas, considerando las crueles injusticias de nuestra sociedad, en la cual tenemos que vivir y salir adelante, pues, con frecuencia, nos machaca la corrupción impune.
Por ello, Dios viene en nuestro auxilio, robusteciendo nuestra confianza y dando una orientación precisa: “Éste es mi Hijo, escúchenlo”. Entonces, si queremos transformar nuestro espíritu para hacer el bien y transfigurar la economía para que haya más equidad, tenemos que escuchar al Hijo Predilecto.
“Escucharlo” no es solamente conocer de manera superficial su vida, pero es realizar una adhesión personal a él, con todo el corazón, la mente y el bolsillo. Estas tres características son significativas: con el corazón, pues donde está nuestro corazón ahí está lo que consideramos como tesoro; con la mente, pues hay que usar la inteligencia y organización para que los criterios del Evangelio hagan nuestra realidad económica más justa; y con el bolsillo, para que las cosas no se queden solamente en buenas intenciones.
Pensemos siempre que nuestra meta final es el cielo, lo que consolida nuestra esperanza, pero a la par, hemos de transformar nuestro espíritu apático en espíritu lleno de fortaleza y de valientes iniciativas.
Y cuando el ser humano cambia honestamente en su interior, entonces lucha como un león para implementar transfiguraciones en el país, para que él sea desde el presente un “pequeño cielo” para todos.
Paz y bien