En el Evangelio de este domingo, Cristo resucitado se muestra a los apóstoles, que estaban asustados y sin iniciativa.
Él les dijo: “La paz esté con ustedes”. Este es su primer don: don de Dios y deber humano.
Vivir en paz es un profundo anhelo de todo ser humano. La paz que significa un corazón tranquilo, que no experimenta ansiedades por causa de rencores, deudas y manipulaciones del semejante. El respeto alegre que reina en el seno de la propia familia.
Pero también la cordura dentro de la sociedad, sin gente que se enriquece robando a otros, especialmente al Estado; sin tanto desempleo, sin un desorden político que solamente aspira a tomar el poder, usando y abusando de la presión y del soborno.
A la paz, como don de Dios, no le falta nada, pues nos dejó su ejemplo de servicio, de victoria sobre las tentaciones y de la gracia del Espíritu Santo. Es más, en cada Eucaristía Jesús alimenta esta vida nueva de resucitados, para que no estemos asustados e indiferentes.
Ahora nos toca a nosotros el deber de construir la concordia que deseamos, y para tanto los Hechos de los Apóstoles nos dan cuatro orientaciones privilegiadas. “Escuchar la enseñanza de los Obispos”, de modo que nuestra fe esté en constante crecimiento y no se reduzca a la preparación para los sacramentos.
“Contribuir más en los acontecimientos de la sociedad” (la vida común), pues la fe no puede estar arrinconada en el alma, sino que debe manifestarse en el forcejeo organizado y pacífico para mejorar el país. “Participar de la fracción del pan”, lo que indica la necesidad de asistir a la Misa todos los domingos, para alabar y agradecer al Señor.
“Participar de las oraciones”, lo que recalca que es importante cultivar la espiritualidad, tener disciplina para hacer meditación y un método para rezar bien.
Es un mensaje muy optimista, ya que el Señor resucitado quiere regalarnos una vida nueva, con valores que nos humanicen, pero tenemos que poner nuestro grano de arena.
Además, celebramos hoy el Domingo de la Divina Misericordia, donde experimentamos la compasión de Dios, que derrota nuestras perversidades e indecencias.
A la par, hemos de manifestar más misericordia y tolerancia. Dar una segunda oportunidad al semejante es un deber de cada uno, para que podamos construir una verdadera armonía.
Paz y bien