En rigor, nuestro periodismo –tal como lo conocemos hoy- tuvo su origen en “La Regeneración”, en octubre de 1869. Por primera vez fue posible que la opinión pública se expresara en pluralidad de ideas y sentimientos sin intervención del gobierno de turno.
Es alentador ver a muchos jóvenes que se deciden por la carrera universitaria para servir a la sociedad desde los medios de comunicación. Tendrán un único y poderoso instrumento: la palabra. La forma como la utilizan hará de ellos buenos o malos profesionales. Malos profesionales no quiere decir que vayan a ser mediocres. Podrían ser sabios pero moralmente analfabetos. Mal periodista no es el que escribe modestamente sino el que utiliza su medio para mentir, trepar, extorsionar, facturar.
¿Qué hace que un joven –varón o mujer- se incline por el periodismo? El escritor mexicano, Octavio Paz, escribió: “Las vocaciones son misteriosas: ¿Por qué aquél dibuja incansablemente en su cuaderno escolar, el otro hace barquitos o aviones de papel, el de más allá construye canales y túneles, o ciudades de arena en la playa? (…) El misterio de la vocación poética no es menos sino más enigmático: comienza con un amor inusitado por las palabras”. También es el comienzo de la vocación periodística.
¡Amor inusitado por las palabras! Lo primero que un estudiante de periodismo debe aprender es el poder de la palabra. Esta será su herramienta en la vida profesional. El periodista y escritor argentino, Tomás Eloy Martínez, dice: “El compromiso con la palabra es a tiempo completo, a vida completa. El periodismo no es una camisa que uno se pone encima a la hora de ir al trabajo. Es algo que duerme con nosotros, que aspira y ama con nuestras mismas vísceras y nuestros mismos sentimientos”.
Humboldt, el famoso naturalista alemán, en 1799 recorrió la cuenca venezolana del Amazonas a la espera de dar con el pueblo de los atures. Lo que encontró fue la huella de una matanza feroz ejecutada por los temibles caribes. No había un solo ser viviente, salvo un loro que balbucía incomprensibles peroratas en la lengua de los atures. Ya no había nadie en el mundo que pudiera entender al animal. No basta con pronunciar o escribir palabras, tiene que haber quien las entienda, las interprete, las estudie, las mida.
Los alumnos tienen que saber que van a pasar, la mayor de las veces, por el calvario del silencio y la indiferencia de las autoridades ante las irregularidades administrativas y judiciales que van a publicar. En efecto, las denuncias tienen que tener “quien las atienda, las interprete, la estudie, las mida”. Esto rara vez ocurre cuando el denunciado tiene algún peso político y económico.
Un personaje de Vargas Llosa, “Conversaciones en la catedral”, dice: “El periodismo no es una profesión sino una frustración”, es la que viene cuando el periodismo se desgañita en favor de la gente pero no hay quién le responda.
De todos modos, no es para desanimarse. Insistir, insistir, insistir, es el camino que alguna vez ha de conducir a la reacción contra la arbitrariedad, la injusticia, la corrupción. No entregarse, no hacer que los delincuentes se alcen con la victoria definitiva es la misión que espera a los futuros profesionales de la prensa. A estos les dejo el pensamiento de la periodista española, Maruja Torres: “Si ocurre que naciste con el veneno del periodismo en la sangre, hazlo de la única manera que debe hacerse, en cualquier circunstancia: bien”.
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