Lealtad… es otra cosa   

Sonaba demasiado mal como para ser correcto. Las expresiones de un político en relación a un circunstancial rival “así él compra las lealtades, con cargos en la binacional” nos obligaron a buscar -para de paso refrescar nuestro concepto del término- los alcances y significados de la palabra, recurriendo a la vieja y siempre confiable RAE.

Allí fuimos iluminados: “La lealtad es una de las virtudes humanas más excelsas. Íntimamente relacionada con el compromiso, con la fidelidad a las personas, a las ideas y también a uno mismo. Implica sostener la palabra empeñada aun cuando nadie está observando. Actuar con coherencia, mantener la confianza y no abandonar los principios, incluso cuando aparecen dificultades o asoman conveniencias”.

Hasta aquí, ninguna semejanza con la alusión del “candidato”. Y seguimos hurgando en la definición: “La lealtad se expresa también en los vínculos cotidianos. Honra la amistad, al hijo que respeta a los padres, al ciudadano que cumple sus obligaciones. Y su forma más difícil es la lealtad hacia uno mismo. Esa fuerza que impide traicionar al código ético personal por un cargo, dinero o favores”.

Indigna escuchar, en un nuevo escándalo político, conversaciones en torno a “500 leales” contratados en Itaipú. La binacional, que ostenta el récord mundial en generación de energía eléctrica, como seguramente también de corrupción. Allí pretenden medir sin vergüenza la lealtad en términos de planillas salariales o nombramientos acomodados.

¡Qué fácil arrear “leales” así! Hasta el apático se incorpora rápido a aplaudir si están de por medio contratos, salarios irreales, combustible y otros agregados. Usen otra palabra, porque esto no es lealtad. Estamos ante el servilismo, la conveniencia y el clientelismo, en su más burda expresión.

Los grandes líderes de la historia construyeron lealtades con el ejemplo, coraje, sacrificio y carisma. Hombres y mujeres admirados que inspiraban respeto. No ofendamos su memoria comparándolos con estos mamarrachos cuyos seguidores sólo tiemblan por no perder sus privilegios.

¡Por favor! No se puede usar “leal” para referir a hurreros y recomendados. El clientelismo político, ese viejo parásito instalado en Paraguay desde hace demasiado tiempo, se alimenta de estas falsas lealtades. ¡A ver cómo les va a estos brillantes candidatos si compiten de igual a igual! Si por una vez rescinden contratos a sus ta’ýra, sacan a los parientes y conocidos o simplemente anuncian que ya no aceptarán “recomendados” en las generosas oficinas públicas. Veremos allí si tienen soldados leales.

Porque la lealtad, al igual que el carisma, no se compra, no se alquila y grande se equivoca el que presume de gozar de ella. Solo puede surgir del respeto y la admiración genuina. Recuperemos el uso correcto de la palabra, evitando que se use mal, aunque se esmeren en hacerlo.