En la resistencia por la identidad partidaria, los Samaniego eran la última guarida de los seccionaleros, que -se supone- cada uno de ellos es más colorado que Camilo, Santi, Alliana y Horacio, juntos.
Con la derrota de la ANR frente a Lugo, Lilian Samaniego salvó a su partido de caer en una depresión propia de la llanura. Nadie quiso tomar esa carga, pero ella se animó.
Un siquiatra recetó que para evitar esa depre -que normalmente significa desbande y fuga- se pusiera al partido en remate. Y sucedió. Lo pusieron en venta, y se vendió.
Desde entonces, las seccionales ya no sirven. O sea, ya no deciden. No para nombrar maestra, como lo dijera uno de sus titulares.
Sabemos que los seccionaleros no son santos, pero aún así generalmente carecen de fortuna, de liquidez, que otros si la tienen.
Estos otros ponen la plata, ellos la gente. Algunos les responden, otros ya no. Los otros ganan cargos, ellos ganan el derecho de ser repudiados... y de aguantar y responder los agravios.
Aquí radica la verdadera tragedia, la de convertir a un partido histórico en una mercancía.
La oposición, con su acostumbrada división hizo lo correcto en Asunción. Unidad, aunque soguere (sin recursos), pero es como debe ser, para enfrentar al adversario, que monetizara aún más la carrera.
La clave que resta a la oposición se resume en tres palabras: mantenerse UNIDA, ejercer un CONTROL estricto de los votos, e impulsar una PARTICIPACIÓN al máximo el día de las elecciones.
Asunción es Asunción, no la avasalla cualquiera... siempre.